Dos actores son convocados para protagonizar la obra Romeo y Julieta. Pero sucede que el resto del elenco no podrá llegar a tiempo para la grabación y solo ellos tendrán que remontar el inconveniente.
De esta manera, los dos actores, representarán, formidablemente, las escenas más emblemáticas de la historia, utilizando los pocos objetos que a su alcance.
En medio de la gran desesperación e incertidumbre, Romeo y Julieta atravesará momentos trágicos, otros cómicos y otros tristes; predominando siempre la magia de la risa. Al sentir que están haciendo el ridículo y que todo está perdido; conseguirán una nueva versión del clásico de Shakespeare muy dinámico y entretenido.
Basándose en la frase de «el show debe continuar», ellos sienten que es un desastre lo que están llevando adelante a la vez que el director les da aliento diciéndoles cuán extraordinario está saliendo todo.
Utilizando la imaginación e invitando a los niños a jugar con ella, podremos descubrir que ciertos objetos impensados sirven para situarnos en tiempo y espacio sin precisar grandes lujos.
El famoso balcón ahora será representado por dos escaleras y, los amados, se mirarán a los ojos prometiéndose lo más profundo. Se respetarán los lineamentos principales de la historia que masivamente se conoce y la palabra veneno deambulará por la sala como si se tratara de una poción difícil de ignorar.
Un gran desenvolvimiento corporal y destrezas físicas se ven en escena, intentando ocultar la vergüenza ajena tras desplazamientos rítmicos.
Pata de ganso, un lugar muy familiar, llenó su sala y, entre todos, logramos darle aliento a esta versión de Romeo y Julieta. Prescindir de un escenario al igual que de objetos tradicionales para montar una obra épica es la solución para, muchas veces, crear productos artísticos diferentes y romper con los clásicos que se repiten sin, en general, cambiar o adaptar relatos a estos tiempos modernos en que es preciso facilitar el lenguaje y códigos para que un público más heterogéneo logre comprender las tragedias románticas de fines del 1500.
Sábanas, escobas, escaleras, telas pintadas e inclusive el sol y la luna que giraban para marcar el paso de las horas. Una función plagada de risas con tanta espontaneidad como empatía con los espectadores, consiguió marcar una huella entre grandes y chicos.
De este modo, el Festival Shakespeare le dio un lugarcito a Mónica Spada y Pablo Di Felice, quien dice no haber triunfado en Clave de sol, pero asume que en algún momento lo hará.
Quizás sea ahora, en vivo, junto a los niños, a su voz cautivante y a la de su compañera. Pasos firmes, luz, cámara y acción para que hagan magia con lo poco que encontraron detrás de bambalinas.

Escrito
en febrero 21, 2015