*** Septiembre 2017 ***

Olympia7

En la ciudad de Ouro Preto (dentro del Estado de Minas Gerais-Brasil), surge una historia alrededor de una mujer muy particular. Ella podría haber sido como las demás, podría haber contraído matrimonio con un buen partido y, sin embargo, quiso que su destino sea otro. Gracias a su elección, una cantidad enorme de turistas desfiló en sus viajes alrededor de ella, queriendo conocerla para saber más acerca de este fenómeno tan especial.

Ângela Mourâo interpreta a Olympia, esta señora encantadora, saliendo del cajón por un rato para deleitarnos a nosotros, en esta ocasión con su belleza.

Al ingresar en la sala de Las musas club de arte, se vio un ataúd abierto y decorado por dentro con tantos adornos, muñecos y detalles que son imposibles de recordar. A ella no se la veía, pero ahí estaba, reposando y cobrando fuerzas para retornar al mundo de los vivos.

La interesante propuesta, dirigida por Marcelo Bones, permite adentrarse en un conjunto de códigos sensibles y profundos, muy bien llevados a cabo por la actriz que compone dos personajes durante la obra: el de la homenajeada y el de una narradora que va hilvanando cada anécdota de Olympia.

Aquí en Argentina, posiblemente, jamás se haya realzado tanto a un personalidad con estas características ya que se la consideraría una linyera loca. Sin embargo, el texto de esta dramaturgia no pretende juzgarla ni determinar si los datos son verdad o mentira, producto de su imaginación o certeros.

Captar la esencia de alguien es mágico ya que se puede interpretar en vez de hablar demasiado al respecto.

Ângela es relatora y protagonista, compone dos realidades y logra representar diferentes situaciones tan solo usando una máscara para enlazar situaciones o la cantidad enorme de objetos y accesorios que trae consigo para la ocasión.

La sutileza con que se mueve y escoge, a la perfección, consiguen dotarla. Vestida con pollera amplia, una remera, arriba su mantilla y los pelos revueltos; nos compra. Llega a nosotros con sus palabras, nos conmueve. Seguramente ninguno de nosotros tuvo la posibilidad de conocer a esta viejita, por eso es la emoción. Quizás, algunos crean que alguien de la calle no merece ser exaltado de este modo y es que merece un aplauso para el elenco el haber tenido la amabilidad de tomar una situación real y pasajera en historia.

Olympia perteneció a una familia muy bien posicionada pero no tuvo suerte en el amor – me cuenta la actriz, al mismo tiempo que busca en el cajón una foto de ella. La miro y comparo, brevemente, con Ângela. Una es más joven que la otra, sin embargo, sus vestimentas son idénticas, el palo decorado con miles de adornos, también. No conozco la voz de la original pero siento que la representación fue exacta. La actriz sí pudo saber quién era esta vagabunda, conocerle la voz, sus historias y sentirse atrapada por cada narración.

Mientras la actriz se mueve y desplaza por el espacio escénico, noto su destreza como bailarina. No necesita hacer giros ni pasos clásicos. Tan solo observándola puede verse cómo sus pies y piernas no caminan como transeúnte, cómo su torso, sus brazos y hasta sus ojos se conmueven y emocionan al recrear a dicha brasilera.

Habrá decidido vivir en la calle por desamor, como culpándose por lo que no pudo ser?

La nostalgia me invade, aunque imagino que Olympia fue feliz a su manera. Quizás no tuvo unos brazos de hombre que le den esa calidez y seguridad, pero sí tuvo el amor de la gente, el reconocimiento de tantos turistas y la oportunidad de ser una especie de celebridad.

Ella dijo haber conocido al poeta Vinícius de Moraes, a la cantante de rock Rita Lee y Juscelino Kubistchek, presidente de la república. También mencionaba a Don Pedro II -afirmando haber sido la novia-, amiga de Tiradentes, mártir de la Inconfidência Mineira, entre algunos de los citados.

En cuanto la historia avanza, la andariega va soltando más detalles, haciéndonos sentir el frío de la soledad, la pasión por la vida y por cada momento transitado.

Las risas y lágrimas nos brotan de manera constante, oscilando entre unas y otras; hasta que llega el momento de la despedida. Para tal situación, Olympia precisa llevarse algo nuestro. Es ahí cuando pide y suelto una hebilla que tenía desde niña. Ella la necesita más que yo. Precisa seguir acumulando cositas de quienes se cruzaron por su camino. Con esta hebilla podrá atar su pelo en los días de calor y mirarla: es un corazón, el mismo que ella dio a una población mundial, compartiendo su intimidad y haciéndose famosa como quizás jamás soñó.

Olympia ficha

Mariela Verónica Gagliardi

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