La vida y la muerte se enfrentan, se conocen, se tocan, se sonríen, se lloran y se reconocen.
Alfred y Jonas representan las dos caras de una misma moneda, respectivamente. Y el encargado de dirigir esta interesante y conmovedora obra es Claudio Martini.
Jonas (Loïc Lombard) trabaja en un ambiente cabaretero de París y lo artístico es lo que predomina en su ser. Vive para el teatro, para sus personajes y para el éxito que tanto le costó conseguir.
Por otro lado, Alfred (Marcos Gómez) -un muchacho de dieciocho años- con sed de conocimientos, muy bien instruído y con una angusta que desea superar (como es la muerte de su madre).
Como espejos: se ven por primera vez en el intervalo de una de las presentaciones de Jonas. Ellos son padre e hijo pero eso no es lo principal de esta obra, sino la búsqueda de valores. Es bastante subjetivo a qué denominamos “valores”, pero voy a centrarme en lo que culturalmente denominamos como correctos: reconocer a un hijo como propio y compartir momentos con este ser amado.
Cuando esto no ocurre -sea por el motivo que fuere- tropezamos con la tristeza y reprochamos cómo deberían ocurrir las cosas.
En cierto momento de la historia, Jonas esboza que “todos pasamos la mayor parte del tiempo esperando”. Esta frase hace alusión a sutilezas y a verdades en carne viva. Una de ellas es el pálpito que siempre tuvo de tener un hijo, sin tener certeza alguna. Tal vez, en algún lugarcito de su corazón, lo sentía. También, las palabras se refieren a Alfred quien nunca supo sobre su padre y quien después de fallecida su madre emprende la búsqueda -supuestamente certera- y careo con el mismo.
Jonas no es malo, no es perverso. Solo actúa tal. Por su pasado y presente, no puede sonreír de verdad; sino con la máscara que interpreta en cada rol sobre el escenario.
No se puede juzgar a un ser débil -con escudo- ni tildarlo de cínico y prepotente. En cambio, Alfred es joven -por dentro y por fuera- y solo quiere amor fraternal. Lo necesita, lo pide a gritos, se desgarra y renace suplicándole afecto cuando más lo requiere.
Por el lado del adolescente, nos sorprende con versos durante toda la narrativa. En cierto momento dice: “Debo cuidarme. Un corazón enfermo no sirve para nada”.
Pero uno de los momentos más desgarradores de la obra es cuando Jonas le dice a su hijo: “Soy un simple artesano del cabaret. Qué podés esperar de mí? Es increíble cómo, de forma constante, intenta desanimar a su pequeño para que no le queden ganas de estar junto a él.
Una verdad oculta y la dura realidad, serán las encargadas de darle fin a esta pieza teatral en la cual están presentes varios recursos de la poética, la narrativa, al igual que bellas canciones en francés y diálogos complejos en palabras pero sencillos de entender para el espectador.
Quizás sea como lo indica el título de la obra y las palabras dichas por el artista: “El tiempo nos engañó”. Y sí, será que cada momento que pasa nos acerca más al fin de nuestra vida.
La puesta en escena es perfecta. La ambientación es intrigante y el espectáculo de Jonas se desarrollo en un segundo espacio -el cual físicamente no vemos-.
Las intrigas se develan en el momento justo y las lágrimas son las encargadas de nublar el panorama para luego purificarlo.
En cuanto al desenlace, quizás no sea el elegido por nuestros corazón (a simple vista) pero luego, es el correcto para terminar de comprender los por qué.
Siempre necesitamos justificaciones y por ello somos humanos. Quizás, después de presenciar “La sentencia del reloj de arena”, entendamos que no todo se procesa con el cerebro sino con el alma.


Escrito
en mayo 12, 2013