*** Noviembre 2019 ***

Delfina (Moyra Agrelo) y Catalina (Soledad Galarce) disfrutan de la vida de una manera muy superficial y snob. Ellas se dedican a diseñar ropa y creen que se pueden llevar el mundo por delante por tener dinero y status.

Un taller de costura, nos abre sus puertas. Allí, podemos observar suciedad, desprolijidad, y una estética que induce al abandono.

Pero cuando las amigas llegan con su glamour al local, esperando encontrar algo igual o similar a su clase social, les agarra un ataque de furia a cada una. El lugar está clausurado con las fajas de seguridad, impidiéndoles el paso. Pero se acuerdan que tienen un amigo abogado y rompen dicha faja.

Como dos volcanes en erupción, comienzan a dar unos discursos cargados de exceso de conchetaje, el cual desborda hasta el ridículo, para demostrarnos que esta obra llamada Baja costura, apunta hacia otra dirección.

Las dos chicas, llenas de energía, irrumpen con sus vestidos dorados y todo al tono, en el taller que les contaba, y se deprimen. No saben qué hacer. No encuentran a su empleada – quien trabaja en negro para ellas – y hoy era el día en que debía finalizar un pedido para poder llevárselo a un cliente importante. Ellas son dos inútiles que quieren simular no serlo y, en cambio, vivir de otros. Explotar a otros.

Delfina parece fría y calculadora, pero a Catalina parece afectarle todo. Al cabo de unas horas, los papeles se revierten y nos demuestran que son humanas con sentimientos, los cuales van más allá del vestuario que se compren o hagan.

La situación de que su única empleada las haya dejado clavadas, fue un puñal en el corazón. No entienden cómo les pudo hacer eso y suponen que se la llevaron presa. Luego de confirmar que está en su casa y, enojada con sus amas, las chicas saben que no podrán contar más con ella.

Pero como enseñanza y, como suele pasar siempre que se obra mal, las amigas deben aunar sus fuerzas y coser ellas mismas. Las máquinas son muy antiguas y tienen que aprender a usarlas lo más rápido posible para llegar a tiempo con la entrega.

Como la frase bien conocida “no se me van a caer los anillos”, no les queda otra alternativa que quitarse sus trajes ostentosos y colocarse guardapolvos – los cuales tienen escritos unas palabras alusivas al grupo Alameda que se encarga de militar y luchar contra el trabajo en negro-. De ahí en más, Baja costura, pega un giro de 360° y conocemos las facetas de las glamorosas, ahora pobres.

Unos videoclips, muy entretenidos,  hechos con animaciones de ropa y fotos, van ambientando lo que sucede en el taller.

Después de reírnos por los monólogos y diálogos disparatados de las actrices, una dosis de realidad cae ante nuestros ojos. La puesta en escena que había comenzado, y seguido, chistosamente, burlándose de los que menos tienen; pasa a ser un balde de agua fría.

El reducto, sin ventanas, donde se come, duerme y va al baño, se empieza a apoderar de ellas, como un monstruo. Pierden noción del tiempo, del espacio y se sienten perdidas. No saben si llegarán a entregar el trabajo prometido o si les conviene abandonar todo y salir corriendo. Pero no. No pueden escapar porque ahora no son más de la clase alta sino que fueron contratadas en negro.

¿Cómo ocurrió esto?

La obra no nos muestra ningún contrato firmado, a ningún capataz. Nada.

Sucede que el paralelismo nos hace pasar de un escenario a otro para, justamente, conocer la otra realidad. La de los explotados y sufridos empleados, generalmente oriundos de otros países o lugares.

Unos fragmentos de videos extraídos, de diversas investigaciones televisivas, nos dan a conocer varios testimonios de trabajadores contratados en pésimas condiciones y tratados peor que a animales.

La ductilidad de la obra, también divide en dos al lugar de trabajo (imaginariamente o por efecto de las luces), para mostrarnos dos momentos históricos trágicos, durante los cuales se incendiarios dos talleres: uno en Nueva York en el año 1911 y el otro en el barrio de Flores, en el año 2006. No fueron accidentes sino negligencias ya que estos lugares suelen ser cerrados con llave por los jefes para que sus empleados no salgan ni pierdan tiempo, no tienen ventilaciones ni tampoco posibilidad de pedir auxilio.

Así, podemos entender por qué el nombre de la obra de teatro. Es una alta costura la de las protagonistas pero una Baja costura el mensaje y propósito de la misma.

Se cae muy bajo al maltratar a la gente, al no considerar a las personas como tales y no asumir que todos tenemos los mismos derechos. El que menos tiene dinero no es menos que el que lo tiene. La grandeza no se cuenta sino que se refleja en los actos, en las miradas, en la gentileza y en el don de ponerse en el lugar del otro.

Las risas se disipan al llegar un llanto, como en la vida misma. Si abrimos nuestro corazón y nos dejamos llevar, podremos transitar por distintas emociones maravillosas y difíciles de transmitir con palabras.

 

Mariela Verónica Gagliardi

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