*** Septiembre 2019 ***

Aviones enterrados en la playa nos hace sentir realmente espectadores. No podés perderte un guiño, ni un desplazamiento, porque te sentirías out de la obra.

El título no es fácil de dilucidar. Hay que dejarse llevar, no prejuzgar y recordar lo más que se pueda – tanto en nuestra mente como en nuestro corazón.

¿Qué es lo que puede observarse en las inmensidades de las aguas y sus alrededores? Por un lado a dos hombres: uno de ellos es pescador (Mauricio Minetti) y como tal tiene muchas historias para contar. Pero se las cuenta a un muchacho que aparece en pijama (Francisco Grassi), parado en el muelle y aguantando la respiración en todo momento. ¿Por qué habrá de mantener los cachetes inflados, qué es lo que busca con retener su aire? El pescador, justamente, comienza su relato, diciendo que ninguna persona aguanta la respiración más de dos minutos bajo el agua. Así que pareciera ser que su observador, intenta demostrarle que el correr del tiempo no es tan lineal y rígido como parece. Claro que no está bajo el agua, pero sí cerca de ella.

El monólogo de Mauricio Minetti, transcurre muy entretenidamente. No pretende hacer énfasis en la risa o el llanto forzadamente, simplemente hacer lo que le gusta que es hablar de los “otros” y de aquellas vidas que sobreviven en este mundo.

Cada anécdota y narración tiene un hilo conductor, que nos deposita en un misterioso submundo, lleno de ternura, suspicacia e ingenio.

Los personajes de dichas historias son tres hombres: Román Lamas, un padre (ya fallecido), amante de la costa, que intenta darle señales a su hijo adolescente, a quien ve muy perdido (Federico González Bethencourt). Este chico, parece autista y deprimido. No logra encontrar su rumbo pero sí encontrar respuestas a sus cuestionamientos internos. A su vez, aparece otro señor, que encarna a un lobo marino (Leonardo Murúa), que dice haberse tragado una botellita y necesita ayuda del chico, ya que es la única persona presente y viva en ese lugar. El adolescente no desea ayudarlo, pero no por maldad sino porque está abstraído del mundo. Desea encontrar algo pero no sabe qué. Camina, salta, se tira al mar, pero sigue manteniendo la misma adrenalina y autismo que en un comienzo.

Dichos protagonistas intentan ponerle un nombre a lo que ven… allá a lo lejos desde la costa. Podrá ser un delfín u otro animal lo que perciben con los ojos e imaginación. Cada uno logrará, desde su interior, denominarlo a su manera. Según lo que deseen o anhelen.

Una puesta en escena simple pero con lo necesario. Una luz tenue nos sumerge en las vivencias de estos atractivos personajes. Todos son protagonistas, ninguno es secundario ni de relleno como ocurre en algunas obras teatrales.

Mientras, cada historia termina, le da pie a la siguiente para que empiece. Es como abrir un libro y disfrutar de varios cuentos con muchos ingredientes pintorescos. Nada es exagerado ni simula ser algo que no es. Solo el pescador, aburrido y en paz espera que su compañero suelte algún vocablo y, que lo entretenga a él, para no dormirse. Después de transcurrido un buen tiempo, el hombre en pijama, comienza a contar distintas anécdotas. Ahí se entiende por qué necesitaba tanto aire. Su discurso no tiene pausa pero sí, en cambio, diferentes entonaciones de voz.

Otro aspecto a destacar es la música que se puede oír al principio y fin de Los aviones enterrados en la playa, cantada por los propios artistas, así como una charanga tradicional que se escucha desde lo lejos y va marcando el paso del tiempo. Esas melodías demuestran la magia del mar, como las olas cuando nos pintan sonrisas en el rostro.

En cuanto al vestuario, éste describe bien cada rol de los artistas, siendo un punto más a favor de la temática.

Luis Cano, su director, hizo un tesoro que estará sumergido como en las películas de piratas. Quizás, alguien se anime a abrirlo y contarlo. Tal vez, alguien desee ser espectador y anotar cada una de las historias. ¿Cuál es la diferencia? Saber actuar, saber transmitir, saber hacer sentir en carne propia cada una de las palabras esbozadas por ellos.

Aviones enterrados en la playa, es una postal de aquel recuerdo, guardado en lo más recóndito de nuestro ser y que cuando le mostramos un poquito de luz, logra salir a la superficie.

 

 

Mariela Verónica Gagliardi

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