*** Junio 2019 ***

“Sé que me acusan de soberbia, y tal vez de misantropía, y tal vez de locura. Tales acusaciones son irrisorias. Es verdad que no salgo de mi casa, pero también es verdad que sus puertas están abiertas día y noche a los hombres.” J.L Borges, La casa de Asterión.
Un tipo en calzones a rayas y camiseta blanca corre por el cuadrado de cerámicos que delimita el escenario. Nos encontramos frente al típico psicótico – paranoico – aterrado – encerrado – hombre moderno. Hoquenops no puede salir. Está claro, pero no sólo del espacio físico que habita, sino de la cárcel mental que lo domina.
Discutiendo consigo mismo, este hombre que sale, que no, que sí, que se olvida de algo, que no puede… manipulado por el sistema que le vende enfermedades y él compra, compra el lacerado del HIV, compra el amarillo de la hepatitis, compra la gangrena y  también la toxoplasmosis.


De repente, sacando la cabeza de adentro de una caja, nos encontramos con una nena macabra que narra un drama familiar con la ingenuidad perspicaz de la infancia. Mamá linda, rubia, cuida el planeta, es vegetariana y hace yoga. Y papá un desocupado que fuma y mira televisión. Esta nena/monstruo absorbe ese mundo “sano y natural” que paradójicamente la transforma en un vómito del sistema.

De la casita en la pradera, de las flores y las muñecas pasamos al gorrito y los golpes. Changuito es un muchachito de clase popular del norte de nuestro país, a quien el Pulpito (que nunca vemos, que sólo conocemos por lo que Changuito nos cuenta) encuentra y apaña para que entrene y luche, para que sea boxeador. Él no quería ser boxeador, no quería pelear, pero “pasa que el pulpito é muy bueno é”.
Con una excelente fluidez y capacidad de caracterización inmediata, Eugenio Geraci se transforma ahora en un taxista renegado, aporteñado, quejoso y charlatán. “Sss, yo no voy a saber, sss, yo, seré lo que seré, pero eso, no soy”. El monólogo del tachero está cargado de negatividad, de odio y resentimiento contra todo en lo que el mundo se ha covertido. Pasa que él la tiene clara, viste, cosa de muchos años en la calle, de pasar por todos lados.
Y otra vez sin traje, volvemos al hombre inicial, al tipo que no puede salir, al que quería ser botánico, a ese que quería plantar plantitas. A ese que es todos, que piensa que tal vez pueda salir volando, a ese que hace el esfuerzo por calzarse los zapatos, que revisa el gas una y otra vez. A ese que envuelve a todos, que se para frente a la puerta y hace fuerza, que intenta reinventarse una vez más.

¡Y es que hay tantos Hoquenops en el mundo!

La obra se presentó el sábado 15/09 en El Club del Teatro (Av. Rivadavia 3422, a las 21.30 hs – Mar del Plata).

Melisa Morini

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