*** SEPTIEMBRE 2025 ***

Entradas etiquetadas como ‘Ulises Puiggrós’

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Prisión perpetua

Los hijos de Eva1

Los manicomios son lugares tan fríos y desesperanzadores que, en general, parecen figurar en extremos de un mapa, aislados de cualquier mente capitalista.

Ellos necesitan recibir ayuda para estar mejor, para sentirse mejor; pero los intereses de quienes ocupan puestos políticos parecen girar hacia otros lados, en busca de sus propios bienestares.

Es la tercera temporada de “Los hijos de Eva” (escrita y dirigida por Diego Doello) una obra que indagó sobre esta problemática social, en el terreno de la salud, rescatando aquellas cuestiones tan íntimas de los “enfermos” que pudieron esbozar en diálogos la cotidianidad del Borda, específicamente de un pabellón. La obra eligió al Auditorio Losada como espacio para seguir transmitiendo esta pieza teatral y social tan importante.

Juan (Ulises Puigrós) es el protagonista de esta historia, un joven que dice ser el hijo de Evita. Nadie se anima a cuestionárselo ni a decir lo contrario o su parecer. Él está conforme con su historia, sea esta verdad o mentira. Y de eso se trata estar encerrado, de encontrar el modo de llenar aquellos vacíos y heridas abiertas con recuerdos nuevos -sin importar su procedencia-.

La dramaturgia está llena de códigos vinculados a la comedia y al drama, motivo por el cual podrían convertirla en una u otra. En esta ocasión se entrelazan ambos géneros dada la veracidad de los hechos.

Si se deja de lado, por un momento, la realidad; el espectador puede disfrutar de relatos y diálogos muy entretenidos y originales. Sin embargo, la dosis de realidad es imposible descartar y esto provocará un viaje humanitario en que cada persona sentirá algo relacionado con su identidad.

Personajes que son personas, que están en un cuarto intentando sobrevivir, imaginando un aire puro y renovado, una rutina y un modo de ver la vida muy conformista pero necesario. Seres que buscan sorprenderse a sí mismos con palabras, gestos y conductas; que recrean el mundo externo en una pieza.

¿Pueden imaginar qué siente una persona que jamás ha conocido el afuera?

No por ser mejor un espacio que otro, sino por no poder comparar, por no saber qué ocurre del otro lado, por tener la imposibilidad de ver un noticiero, escuchar la radio, saber. Eso es lo que se le quita a uno, a varios, a todos los internos.

Ellos transmiten, están, cumplen con sus necesidades básicas y duermen temprano para que nada malo les pase. Aunque lo malo es lo que se oculta, lo que se tapa con todas las fuerzas como para no sufrir.

Ellos son tildados de locos para quitárselos de encima, para que no preocupen al resto de los mortales que precisan ver con otros ojos.

Quitados del camino y encerrados, ya no existe perturbación posible al sistema, a un sistema voraz, egoísta y feroz que aniquila a cualquier idealista.

Una caricia, una canción, un sector privilegiado, un abrazo, ese aroma a encanto que se transforma en apego necesario para no perecer en el intento. Lo más noble y cariñoso puede observarse a lo largo de “Los hijos de Eva”.

Evita o Eva. Cualquiera de ellas, la escogida por cada uno de ellos. Una más importante que la otra, más histórica o noble. Más real o imaginaria, como las historias, como las anécdotas, como el plato de sopa sin nutrientes y el mordisco a una manzana que rueda cual pelotita por el piso de una habitación -que día tras día revive, se llena de alegría y muere al apagarse la luz-.

Un sistema sanitario en debacle total, con personal médico totalmente inoperante es lo que se pretende mostrar -traspasando el escenario-. Quien sienta incomodidad al internalizar las escenas de la obra, podrá sentirse satisfecho y humano. La barrera o el límite o fragmentación entre actores y público, desaparece dándole paso a lo solidario.

La complicidad es el factor más importante, aquel que despierta una sonrisa en el que estaba triste y una frase alentadora cuando sea oportuno. Claro que todas las desgracias no pueden evitarse ni todos pueden lidiar con esos fantasmas tan fuertes, aquellos que son capaces de convertir un juego en tortura.

Los hijos de Eva ficha

Mariela Verónica Gagliardi

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Un atentado al corazón

Miranda10

El 21 de diciembre de 1988, el vuelo 103 de Pan Am (compañía estadounidense) sufre un atentado, a partir del cual pierden la vida varias personas de diferentes nacionalidades. Esta noticia, es adaptada para la obra de teatro, informando que sucede en la ciudad de San Pedro.

Ni la vida se compra ni la muerte se compra. Ambas cosas, llegan cuando tienen que llegar, por más rezo o plegaria que hagamos. Ni un Santo ni una oración podrán devolver a quien ya no está o asumir realmente lo que toca cuando esa persona ya no esté presente para escucharnos.

«Miranda» (escrita y dirigida por Ulises Puigrós) no se centra en la muerte aunque sí logra abordarla de algún modo. La sala de Corrientes Azul parece ser el lugar escogido para confesiones tan reales como tristes en que, se diga lo que se diga, las lágrimas nos recorren.

Desde un comienzo, la iluminación tenue y la vestimenta sombría, contextualizan el ambiente: un velorio. Si bien hay un muerto -que jamás vemos-, las culpas, la discriminación y la violencia tienen su espacio para determinara quién es cada uno y qué pretende del otro.

Miranda es una diva glamorosa, actriz protagonista de la novela de la tarde, y un ser que tiene demasiado para decir. Como si las palabras no bastaran, ella está presente y, de a poco, logrará silenciar cada acto de maldad o ignorancia por parte de su familia.

Su hermano, su cuñada y su mamá formarán parte de la sociedad ochentosa que apenas lograba conocer sobre la homosexualidad y cada concepto tan lejano como exasperante. Miranda, por otro lado, argumentará e integrará a los menos escuchados, a ese pequeño sector que pareciera ser -aún actualmente- el más relegado y equivocado. Ridículamente, ya es momento de aceptar que no existe persona que tenga la razón, cada una tiene sus justificaciones y no siempre es necesario darlas. Quien más necesita entender es, seguramente, quien menos definida tenga su vida y quien más pena sienta de sí mismo.

Miranda es el reflejo del sufrimiento, del padecimiento, de la lucha diaria, de la grandeza, del orgullo de tener libertad y una alegría a su propio corazón. Ella no necesita condenar sino ser. No precisa de un manual de instrucciones ni de tener la posibilidad de hacerse notar. Ella, después de mucho tiempo, vuelve, regresa a su casa y es ahí cuando lo olvidado resucita.

Como si se tratara de un baúl lleno de polvo y telarañas, ella lo abre para hacerle notar a su familia lo mal que estuvo.

Admirarla es lo que resulta. Primero por la pantalla chica y después al verla en vivo.

Si siguen existiendo temáticas de género en el mundo artístico es porque las minorías necesitan ser tenidas en cuenta y precisan aprobación de alguna manera. Mínimamente para no sentir que su condición las convierte en minusválidas.

Un gran trabajo de Ulises Puiggrós que le quita el velo al misterio cuestionado por los más impertinentes sectores sociales, aquellos que se creen con derecho de ofender y, la cobardía, de no marchar por sus propias inquietudes.

Entonces, se pueden tener en cuenta -como una sucesión de hechos- varios aspectos: el motivo de la muerte de este padre, el regreso de su hija y el dolor del pasado.

Quién es quién resulta fundamental para observar «Miranda», una comedia dramática que demuestra la delgada línea entre el hoy y el mañana, entre una decisión bien tomada y una mal tomada.

No juzgar se convierte en la acción más solicitada para entender el argumento de esta dramaturgia. Cada uno vive como puede y hasta las declaraciones más rígidas e hirientes por parte de la viuda, son entendibles pero no justificables.

La gran actuación de Tati Martínez, conmueve, emociona y brinda tanto placer que es imposible no emocionarse. Con su embarazo, se desplaza en escena, juega a ser esposa y futura mamá a la vez que le confiesa a Miranda su malestar verdadero.

Como un estallido que irrumpe sin pedir permiso, así quedan marcados estos personajes, quienes interactuarán entre sí desde lo que fueron y, quizás, puedan dejar de ser.

Miranda ficha

Mariela Verónica Gagliardi

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