Un vuelo interrumpido

Hay historias que nos hacen conmover, otras disfrutar, otras reír, otras llorar. Pero, existen algunas que nos hacen pasar por todas esas sensaciones y eso es lo que podríamos denominar teatro.
«Una muerte compartida» (escrita y dirigida por Paolo Giuliano) nos permite adentrarnos en el conflicto de una familia. Dicho conflicto no está claro desde un principio y eso es lo que genera suspenso a lo largo de toda la obra.
Una casa tradicional y austera nos da la bienvenida a un mundo completamente oscuro y sombrío, con muchos secretos, penas y traumas.
Se puede notar cómo en dicha casa convive una madre con su hija y que con la llegada de la ciudad de su hijo (del que poco y nada sabemos) todo se modifica.
Otro hallazgo de esta pieza artística son los estereotipos de cada personaje, de los cuales se puede sospechar constantemente. Armar y desarmar conjeturas e hipótesis; ya de por sí resulta muy entretenido. Sentí que el público era detective de un caso policial y, en cierta forma, es así.
El tema más central de la historia es la discriminación por género; y, me llamó gratamente la atención cómo se desenvuelve, sutilmente. Gracias al recorrido que hace Paolo Giuliano, es que se puede digerir todo lo que trasciende la ficción y que, muchas veces, tanto nos duele.
¿Es posible en la actualidad que una persona tenga que pedir aceptación por su elección de género? ¿Desde cuándo fue «normal» decir a gritos que hay cuestiones privadas que deben ser respetadas por la sociedad?
Si bien se avanzó mucho en cuestión de derechos adquiridos por la comunidad LGTBQ+, falta muchísimo camino por recorrer y alcanzar. Ahora, ¿por qué tienen que seguir pidiendo por favor que se los incluya? ¿De quién es el problema?
Podríamos, por un instante, pensar en una situación ideal de no juzgar lo que no nos perjudica.
Eliminar lo distinto no es solución a la ecuación y ni siquiera es una ecuación no ser igual al común de la gente. Si las distintas especies animales se integran en el ecosistema, ¿cómo puede ser que nosotros como humanos pensantes, matemos en lugar de hacer nuestra vida de manera noble?
Volvamos a la obra: una madre controladora, absorbente, con mucha fuerza y que desea elegirle candidato a su hija (la cual estudia para maestra). Esta joven que parece tener las cosas claras y que, sin embargo, tropieza con personas que le modifican por completo su vida.
La bondad versus la violencia. Una violencia que llega a su extremo y que, cuando eso ocurre, termina la obra. Lo que me pasó, a nivel personal, es que quedé en una especie de limbo del que me costó salir. Y es que los actores, interpretan de manera muy natural sus papeles y eso le da un vuelo a Una muerte compartida, que difícilmente podría conseguirse con exageraciones.
Incluso, el acento campestre que utilizan, está incluido de tal forma que se amalgama con las voces.
La debilidad de quienes se consideran dueños de las vidas de «otros» en pos de aniquilar lo similar a ellos mismos, en lugar de trabajar con sus propios temores. Esto resulta fundamental comprender, para que nuestra sociedad y el mundo se vuelvan un poco más compasivos y el odio sea abrazado por el amor.
Me llevo esta obra en el corazón y agradezco que existan actores excelentes como los que subieron a escena, para representar estos asuntos que no son superficiales sino demasiados comprometidos.
Dramaturgia y Dirección: Paolo Giuliano.
Actúan: Laura Correa, Luciano Diani, Sergio Janusas, Patricia Guillermina Rozas,
Facundo Salomón.
Teatro: El Tinglado (Mario Braco 948 - CABA).






Un funeral se está llevando a cabo, donde dos espectros de carácter femenino (conocidas como «Las Viudas») recibirán a los deudos (espectadores) y los guiarán hacia sus lugares para presentar sus respetos y ser testigos del morir y renacer de un fantasmagórico ente felino con habilidades sobrenaturales para reencarnar hasta siete veces, habiendo pasando por seis encarnaciones donde experimentó de primera mano las vicisitudes de ser humano. Conoció las miserias, las obsesiones, las desigualdades, la imperfección, las insatisfacciones, la frustración, la pena, el dolor, el miedo y la muerte.
En la noche previa a su cumpleaños número dieciocho, una gran crisis lo habita. Ella, su voz interior, se encuentra dispuesta a salir. Él tiene sus dudas, sus temores. Nunca abandonó su habitación, sus padres no se lo permiten por ser feo. Sólo se relaciona con los personajes de los cuentos que ha leído. Peter Pan, El Sastre, Cenicienta y El Sombrerero serán quienes lo ayuden a enfrentarse a sus miedos, y finalmente poder salir.
Un jardín pequeño lleno de verde. Un espacio chiquito y abigarrado dentro de uno más grande: el teatro. Y en medio de ese invernadero poético, selva en miniatura, una mujer que no duerme hace tiempo se entrega a la caída, al fango, y nos cuenta (se cuenta) los detalles de ese abismo floral en el que ha resbalado. Una separación que hubiera preferido viudez. Y ahora ella es un vegetal nadando en alcohol. Discapacitada de sol. Pero que busca lentamente florecer de nuevo. Trasplantarse. Mover la tierra. Removiendo su interior como a las plantas. Le «arden los ojos» de no dormir, de acostumbrarse a la negrura. Pero en este divagar profuso de plantas, enredaderas y palabras, como en un embrujo, va desenredando su historia. El terreno está listo. De todo ese barro florecerá algo nuevo. Como una oruga que se vuelve mariposa. Así, toda ella, nueva.
Escrito
en agosto 28, 2023