*** Noviembre 2017 ***

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Fanático hasta la muerte

La pasión de Toto

La pasión es pasión. Y aquí podría terminar la nota, sin embargo, recién comienza…

Todos los humanos tenemos devoción por algo. Al menos quienes sentimos con el Ficha Totocorazón, quienes, a veces, dejamos de lado la razón y decidimos jugarnos por algo más grande.

Muchos dirán que el fútbol es ver correr a 22 boludos detrás de una pelota. Si fuera sólo eso…

El fútbol, pero el fútbol de verdad es una comunión de sentimientos, de fetiches, de cábalas, de reuniones frente a una pantalla o en el estadio, de una alegría y tristeza inexplicables, de estar -pase lo que pase- alentando a nuestro equipo. De sentir que todo se acaba o todo empieza. De ganar o perder.

En “La pasión de Toto” (escrita por Eduardo Grilli y dirigida por Maximiliano Cesto) puede sentirse, plenamente, la pasión. A través de una historia muy conmovedora, se podrá ir conociendo lo que significa tener raíces en un barrio como La Boca y sentirse identificado.

Porque, antes, se era del equipo de fútbol de su barrio, no del que ganaba o del que tenía los mejores jugadores comprados del extranjero. Se era más coherente, más auténtico.

Hay quienes afirmarán que ser hincha de obnubila y no permite actuar y pensar coherentemente, racionalmente. Y es que para todo no hace falta pensar. Porque cuando un corazón late no lo hace sólo por una camiseta o por un jugador sino por el símbolo, por lo que representa.

Es como cuando una persona sonríe al hablar del lugar en el que vive. Así como existen seres que se mudan de un espacio a otro, hay quienes necesitan pertenecer a un mismo sitio siempre. Dejar huella, impregnarse de los olores, de las fragancias. Ya que esto no tiene que ver con un perfume que se compra. Porque bien podría tratarse del Riachuelo o del Río de La Plata como se narra en la presente historia.

Y podrá pretenderse que un anciano venda su tierra, su casa pero no su pasado. Esto terminaría por matarlo. Por hacerlo desaparecer.

Me gustan mucho las narraciones que no sólo cuentan sino que vivencian al mismo tiempo, aquellas que nos permiten a los espectadores indagar, buscar adentro nuestro, sentirnos parte. Por eso es que La pasión de Toto será para mí como aquella estampilla que se pega en un sobre y se acerca al corazón antes de enviar a su destinatario.

Porque están las raíces que fueron componiendo al Barrio de La Boca, a la ola de inmigrantes que se atrevieron a venir a Argentina en busca de un futuro prometedor, de apostar sus días en la construcción de un mañana. De pintar con lo que fuese los colores que componen este lugar tan fascinante, tan bien representado.

Desde que ingresé a la función me sentí ahí. Me olvidé que existía un escenario y me trasladé al conventillo, al tango, a esos pasos arrabaleros, a la picardía de un niño, a las travesuras de los más grandes y a la nostalgia de pensar que un día podrían irse.

Con respecto a la escenografía, desde ya que el equipo ha indagado en el estilo, ha ensayado en el barrio mismo y eso se nota. Son muchos artistas en escena, podrían existir algunos detalles a corregir a nivel técnico pero eso no importa en este caso. Y digo esto no por pasarlo por alto sino porque hay cosas que se aprenden y otras que se traen desde la cuna. Y este colectivo de actores nació para expresarse, para sacar desde las tripas una lágrima o una sonrisa, para emocionarse y, así, emocionar. Para demostrar que con amor y pasión es posible transformar y brindar un espectáculo -con música y canciones en vivo- de alta calidad.

Al mismo tiempo que los colores nos atrapan, las cánticos boquenses nos invitan a formar parte y a seguir soñando por lo que más nos importa: aquello que no se compra con dinero.

Ganando o perdiendo, la azul y oro representa el amor por un club, por un lugar, por los de afuera y los de adentro, por quien se juega, por quien se pierde y por quien decide pertenecer para siempre. En este sentido, creo que el amor por el fútbol es más grande que por la política.

¿Imaginan a un hincha cambiándose de camiseta?

Mariela Verónica Gagliardi

 

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Nunca es tarde para aprender

Ningún tren llega a las trece3

Una estación de tren y un contingente que está por arribar al Expreso Oriente. Los vagones al estilo inglés, alojarán a estos pasajeros, dispuestos a compartir historias y vivencias -sumamente nostálgicas y profundas-.

El eje central será marcado por Ricardo (Max Acuña) -un hombre que sube a la formación raudamente y que tendrá la atención de los demás pasajeros a lo largo de las horas-. Su vida guarda un recuerdo presente en una mujer soltera (Juliana Yaconis) y un resentimiento hacia Beatriz (Gabriela Logiudice). Dos mujeres, de esta forma, harán que se martirice, sin encontrar una solución inteligente. Mientras tanto, una pareja de recién casados deberá sortear varios obstáculos para descubrir lo verdaderamente importante.

Ningún tren llega a las trece5A su vez, dos niños (Lautaro Farías Aloy y Sofía Gelber) se unirán en diversas aventuras, al mismo tiempo que un matrimonio continuará con sus pleitos y diferencias; encontrándonos con una señora mayor que les demostrará qué conviene tener en cuenta para ser feliz.

También tendremos la oportunidad de conocer al guarda (Hermes Molaro), quien dejará la simpleza de su trabajo para convertirse en consejero y mediador -logrando amenizar lo más posible hasta llegar a destino-.

“Ningún tren llega a las trece” es una obra de teatro escrita por Juan Pérez Carmona, en los años 60. Esta es la primera vez que se lleva a las tablas pero modificando cierta estética en cuanto a la época en que quiere ser narrada. En este caso el director Nacho Steinberg, escogió los años 30, para cautivar a los espectadores con los atuendos y peinados de tal momento.

“Ningún tren llega a las trece” nos hace descubrir que el paso del tiempo no debería utilizar nuestras vidas ni marcar el fin de una etapa. El tiempo es un indicador del cual tenemos que hacernos amigos -como los niños de la obra, con total ingenuidad y alegría-.

Ningún tren llega a las trece2

Esta dramaturgia demuestra que cuando no existe un rumbo, se puede desbarrancar fácilmente.

Pero, el mensaje de la obra, es alentador, iluminando las vidas de cada uno de los personajes -al igual que su interpretación-.

Juliana Yaconis es la actriz que logra, una vez más, lucirse durante toda la historia. No solo su personaje es atractivo sino sus dotes como intérprete y esa magia que tiene en su mirar. Todo su cuerpo y rostro, al igual que sus gestos, le permiten ser una artista talentosa y que convence en el escenario.

Ella, junto al guarda, quien en un principio parece ser un personaje secundario, termina convirtiéndose en el aliado de quien lo precisara. Su interpretación es, también, muy buena, logrando una dupla interesantísima. En ciertos momentos pareciera estar en los años treinta y, por otros, en la actualidad. Ningún tren llega a las trece6Hay cuestiones, valores y sentimientos que con el correr del tiempo no se modifican…

Entre los pasajeros, se encuentra una señora mayor (Silvia Castellano) que tiene la alegría de vivir en su rostro y la sabiduría de los años -que no siempre se condice con la madurez biológica- y será quien aconseje con breves frases a los padres de Sofía, a los niños mismos y, además; encontrará su rumbo que no era simplemente la estación de destino sino éste el comienzo -quizás- de otro aprendizaje.

Por otra parte, cabe destacar la labor de los pequeños que tuvieron bastante letra para aprender y, la dulzura con que actuaron, emocionó al público. Ellos estuvieron jugando, creando y siendo ellos mismos, sin olvidar que nosotros estábamos allí, observándolos.

Ningún tren llega a las trece8

“Ningún tren llega a las trece”, demuestra cómo juzgar sin pruebas, solo conduce a una miseria humana tan inmensa que lo único que provoca es vacío y tristeza.

ficha artístico-técnica Ningún tren

Mariela Verónica Gagliardi

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