*** Septiembre 2018 ***

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Cerrar los ojos e imaginar

Lo quiero ya1

Rutina:“Costumbre o hábito adquirido de hacer las cosas

por mera práctica

y de manera más o menos automática” (Real Academia Española).

Canciones que narran el día a día, la manera de sobrellevarlos y los resultados que no tardarán en aparecer. Doparse pareciera ser una manera al alcance de la mano, imaginarse que lo que se vive no es tal sino una mera ilusión óptica.

¿Alguna vez se cuestionaron si sus vidas son las que siempre soñaron?

Es realmente una problemática social el filosofar sobre nuestros deseos más profundos. Porque no se trata de tener antojo de tomar un helado y acudir a comprarlo, sino de transformar -quizás- todo. Por completo. Como si se empezara de cero.

Muchas personas trabajan en una oficina o en un banco o en otra institución desde la adolescencia hasta que se jubilan.

¿Tan interesante es lo que aprenden? ¿De verdad pueden aprehender algo nuevo cada día durante treinta años o más en un mismo lugar?

Lo quiero ya (escrita y dirigida por Marcelo Caballero) es una muestra, real, de que cuando un grupo de personas tiene una rutina durante mucho tiempo, necesita -en alguna oportunidad- romperla. Si esto no ocurre, el cuerpo lo avisa, lo manifiesta y podría ser tarde.

Lo quiero ya es una comedia musical en la que es posible transitar por diversas emociones, desde la risa a carcajadas hasta la desesperación. El drama está presente como planteamiento de conflicto. Viene a proponer destruir y tirar lo que ya no sirve para reciclar seres humanos que necesitan un cambio verdadero.

Andrés Passeri es el encargado de enlazar cada retazo presentado. Lo interesante es la dinámica que se utiliza para que lo veamos como un seudo director en escena. Bien podría serlo. Su rol es fundamental ya que se corre del de un asistente o apuntador para convertirse en actor/director al mando de un director real fuera de la representación.

Cuando éramos chicos se nos solía preguntar: ¿qué querés ser cuando seas grande?

En general uno respondía un oficio o profesión, pero quiénes se animaron a decir: ¡felices!

Una profesión no hace a un humano, solo le da herramientas para trabajar. Nada más.

La vida debería ser descubrimiento constante, ansias de transformar, de querer compartir vivencias, de sonreír y estar contento de haber escogido un empleo (no que éste nos haya escogido).

A veces, como muestra la dramaturgia presente, no se está preparado para dar vuelta la página, por más que se tenga la oportunidad de hacerlo inmediatamente.

El maldito o bendito destino con el que se especula o se reposa esperando.

Debo admitir que la puesta en escena es magnífica, a puro color y con un equipo de artistas increíbles. A su vez, la música en vivo le otorga un plus inigualable. No quisiera ser tajante pero los musicales deberían siempre tener a sus músicos tocando en escena ya que los dota de un vuelo mágico.

¿Qué nos expone esta pieza artística?

La vida de varios jóvenes, muy diferentes entre sí, con un estilo de vida determinado y un sueño a alcanzar. Pero… lo más importante y trascendente es cómo consiguen animarse a perseguirlo.

La rutina, la que los coloca en un mecanismo social en el que son “útiles” para el “correcto” funcionamiento, pero que pueden ser reemplazados sin alterar absolutamente nada del entorno.

Son humanos-robots. Nada más.

Mientras la conciencia no se de cuenta, ¿quizás no convenga avisarle? Algo así se me ocurre plantear para la fórmula perfecta del capitalismo. Aunque estos jóvenes despiertan sabiendo que ya no podrán seguir con el rumbo cotidiano sin cambiarlo. Deberán aprender a darse el gusto de vivir plenamente sin “seguridades”, corriendo “riesgos”. Viviendo, al fin de cuentas.

Competencias insanas, amarguras posibles de modificar, rabietas costumbristas, nervios y nervios y nervios. ¿Cómo ser feliz en pareja con un contexto semejante? ¿Cómo triunfar en el mundo artístico cuando no se tiene en claro quién se es?

Mente y cuerpo no pueden separarse como un pollo trozado a punto de ser horneado. En esto fallaron nuestros ancestros, en tratarnos como partes autónomas. Como si un brazo pudiera moverse sin tener la orden del cerebro.

Lo quiero ya es una bocanada de aire fresco y la oportunidad de abrir sendas coloridas, porque lo absurdo de la realidad está presente, lo irónico de frases dichas y repetidas, también. La fragancia a aire quieto y brumoso, claro que recorre los cuerpos danzantes que representan coreografías muy vistosas con sellos finales a modo selfie.

¿Para todo habrá que sonreír?

Vestuarios que resignifican aún más el significante de la dramaturgia, de sus escenas ágiles y una iluminación que persigue los diálogos y monólogos a describir lo que se siente desde el alma. Breves historias que se unen para conmover al espectador y para pellizcarlo de una vez. Porque la vida es hoy. Ya. Y hay que hacer algo para que no se escape de nuestras manos.

Dramaturgia: Marcelo CaballeroMartín Goldber. Actúan: Sacha BercovichVictoria CaceresVictoria Condomí AlcortaMacarena ForresterCandela García RedínLucien GilabertAndrés PasseriNahuel Quimey VillarealJulieta RapettaCandela RedínSalvador RomanoLala RossiJuan Pablo SchapiraSofia Val. Vestuario: Marcelo CaballeroMarina Paiz. Escenografía: Vanessa GiraldoDiseño de escenografía: Vanessa GiraldoDiseño de luces: Marcelo Caballero. Música, letras de canciones y dirección musical: Juan Pablo Schapira. Coreografía: Marina Paiz. Dirección de actores: Martín Goldber. Dirección general: Marcelo Caballero.

Funciones: Sábados 20 hs

El Galpón de Guevara (Guevara 326 – C.A.B.A.)

Mariela Verónica Gagliardi

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Existe un mundo sin wifi

Desenchufados

Es cierto que los tiempos cambian, pero, no necesariamente el pasado fue mejor. Los años hacen que, a la distancia, lo de antes se convierta en un ilusionismo en que lo malo desaparece y le da lugar a lo bueno. Como si el paso del tiempo se esfumara y disolviera aquellos pesares o disgustos.

Quienes nacimos antes podremos hacer un balance, en cuanto a entretenimientos, que las generaciones de ahora no podrán.

Recuerdo que en mi niñez si me nombran el juego de la payana, me sonaba a retrógrado y aburrido. Al igual que a un chico contemporáneo si se le menciona cuán divertido puede resultar jugar a la pelota en la vereda irá corriendo con su videojuego último modelo.

Lo que en su momento fue furor (recuerdo la mascota tamagochi a la que había que atender como si fuera un bebé) ya no lo es. Las comunicaciones se enfriaron en líneas generales, hablar por teléfono fijo casi no se estila y verse, es a través de una pantalla de videocámara.

Esta era en que la tecnología ha hecho sus avances, la especie humana dejó de comportarse como tal, para asemejarse más a un aparato.

¿Cuántos niños, hoy en día, redactan cartas y las envían por correo?

No soy tan antigua y, sin embargo, la Times New Roman es conocida y adoptada por todos, sin existir diferencias en cuanto a caligrafía. ¿Cartas de amor?

Si hasta las escuelas incorporaron, de a poco, la computación para no dejar a nadie al margen, permitiendo escribir en computadoras portátiles.

Todo en su justa medida. Una cosa es incluir y otra diferente provocar adicción o trastornos de dependencia.

Wifi Fest, La fiesta desenchufada (de la Compañía Desenchufados) es una suerte de cable a tierra, una mirada introspectiva y un tirón de orejas para los adultos presentes que -muchas veces- prefieren darles una tablet a sus hijos para sacárselos de encima.

A partir de un corte de luz, un grupo de amigos tiene que rebuscárselas para divertirse, prescindiendo de internet. Recordando que existen los libros de papel, se leen unos a otros diferentes historias, inventan personajes y convierten una tarde en pura música.

Además de ser una obra muy entretenida y llena de color, los artistas apoyan sus destrezas en la percusión -utilizando objetos reciclables como tachos de residuos, bidones de agua, ollas y coladores, entre algunos de los que aparecen en escena-.

Valiéndose de la imaginación, un ruido lo convierten en sonido y, de a poco, los juegos se van desarrollando hasta llamar la atención de todos los espectadores.

El único aspecto que quisiera subrayar es que no se canta en vivo, lo cual es notorio porque sí hablan durante las escenas y existe una gran diferencia vocal entre sonidos grabados e interpretados en el momento. Existen, de hecho, varios elencos que, por diversas razones, eligen hacer playback.

Dejando de lado esto, considero que es una propuesta que le enseña a toda la familia cómo entretenerse ante situaciones inesperadas, permitiendo disfrutar sin depender de la tecnología.

Agradables melodías acompañan el desarrollo de esta dramaturgia que hace participar al público en un momento determinado, siguiendo las instrucciones del grupo.

Marta Mediavilla es quien más sobresale en esta fiesta con una sonrisa contagiosa. Su carisma es inigualable y su arte se evidencia hasta en el modo de tomar los palillos de percusión.

El estallido final se da con la aparición de las boleadoras que se lucen con algunas figuras sencillas pero que provocan impacto visual.

Wifi Fest es una alternativa al zonambulismo cibernético y un aprendizaje musical económico. Ahora muchos niños irán corriendo a agarrar las ollas de la cocina o el cesto de basura sin pedir permiso. Todo en su justo equilibrio y, ¡las Essen no las toquen!

Guión y dirección artística: Ariadna Faerstein, Flor Yadid. Composición musical: Lucas Fridman. Elenco: Gastón Urbano, Marta Mediavilla, Martin Goldber, Brico Spoliansky, Melina Peregal, Tini Santamaria, Nacho Zabala.

Mariela Verónica Gagliardi

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