Tan superficial como el maquillaje

La imagen principal de la obra es una pareja de futuros esposos. Como la tradicional que solemos llamar “muñecos de torta”, por su perfección innata. Claro que al conocer los pormenores, sabremos detalles tan profundos como el amor y el desengaño.
Resulta increíble aceptar que la alegría de uno puede resultar la envidia del otro, que el sueño más grande de uno podría opacar el anhelo del otro y que, en definitiva, los humanos somos tan extraños y complejos que pareciera imposible tomarse una fotografía que transmita el sentir más angustiante.
¿Qué es lo más trascendente de La vida feliz ()? Absolutamente todo. Y por más exagerado que parezca, les aseguro que no lo es. Se parte de una premisa: el síndrome de Estocolmo, pero se utiliza, hábilmente, el engaño, la manipulación, la esquizofrenia, la paranoia, la inseguridad y todo mecanismo que se cruce por sus mentes para transformar el caos en quietud. Para que todo lo establecido por alguien externo, pueda delinear un film perfecto, una foto bien tomada y la felicidad no conseguida.
Es entonces cuando como público nos disponemos a observar a una pareja que está a punto de celebrar su matrimonio con una gran fiesta en medio del campo. Pero, antes de que la misma pueda llevarse a cabo, los dos jóvenes tendrán algunos encuentros y desencuentros dentro de una única habitación: el baño. Allí dentro estarán cerrados y agobiados, sintiendo la insatisfacción que les produciría hacer lo que en verdad no desean. Todo lo que algunos tildan de ridículo e hipócrita (acerca del matrimonio), estará representado al máximo en esta puesta en escena.
Verdaderamente una dramaturgia bien interpretada, que nos lleva hacia los años cincuenta, o al menos así lo percibo por las tonalidades en blanco y negro que se utilizan, con una iluminación blanca que los enfoca en todo momento, de la que no podrán escapar al igual que de esas miradas por parte de las familias y amigos (que no vemos) pero que podemos vibrar por la congoja que ambos sienten.
Existen muchísimos simbolismos y metáforas que surgen desde los primeros instantes en que se inicia la historia. Una historia que no se puede decir que es trágica, sino dramática. Que incluye al amor en todas sus formas y que si juzgáramos sus agresiones nos convertiríamos en seres desconocidos para nosotros mismos.
No existen parejas perfectas como el diseño del flyer, no existe la paz absoluta más que en la muerte, no existe la elección personal cuando se toma la ajena, no existe el poder llenar un vacío de amor con celebridades y lujos. Todo se construye de a dos, y cuando esto no ocurre aparecen los famosos reproches, las culpas, la discordia, el olor a podrido y todo lo que podría inspirarse en un toilette. Quizás por eso el cuarto escogido para la representación sea un baño: porque una relación que no tiene futuro y no piensa ser deshecha caerá en el mismo tacho en que caen los papeles higiénicos y la misma pileta que gotearán las lágrimas de bronca y dolor.
La vida feliz plantea lo que significa estar encerrado en sí mismo, en una pareja que enferma más de lo que reconforta, en la locura por calmar la desesperación y en el olvido de que es posible sentir alegría en vez de compasión por uno mismo.
Todas las miserias quedarán en la bañera en que se suceden algunas de las acciones, en el agua que corre sin sentido, en los mosaicos que escuchan los golpes y en la voz femenina que va contribuyendo en la extinción de lo poco bueno que podía quedar.
¿Salir de la mano o quedarse a perecer?
Quizás sea parte de lo mismo, de una “aventura” que podría conducir al suicidio en vida y al odio tan recalcitrante como el secuestro de la nada misma y del todo buscado en lo más hondo de un inodoro.


En un pueblo de la Patagonia Argentina hay un hotel en el que se hospeda todo aquel transeúnte que visite la zona o esté de paso. Allí, hay una foto de Ceferino Namuncurá, como referencia al santo de los milagros. De hecho, todos los años, un gran caudal de personas acuden para orarle, recordando a la primera mujer que sanó de cáncer.
El dramaturgo y actor Rolo Sosiuk decide llevar al teatro la vida de Auguste Rodin pero desde la mirada de su amante Camille Claudel. Es entonces cuando tendremos la oportunidad de ingresar en la intimidad de este escultor que no siempre fue reconocido por sus creaciones. El hombre de la nariz rota (dirigida por )es uno de dichos ejemplos en que el arte (y no su perfección) son dejados a un lado por parte de la sociedad.



En 1884 se Enrik Ibsen estrena la obra Vildanden (traducida como El pato salvaje ó silvestre). El dramaturgo, de origen noruego, es considerado uno de los creadores del teatro moderno con una impronta que entremezcla el drama, los conflictos psicológicos en el ser humano y su tinte realista circundándolos. Así, es como resulta cautivante poder presenciar obras de Ibsen, leer sus libros y conmoverse, al mismo tiempo que conseguir identificarse con las temáticas y situaciones por las que van transitando los personajes de sus historias.

No suele abundar en teatro el género de thriller, menos aún en un musical. Por eso es que el Teatro Border nos sorprende una vez más con su programación innovadora y le da la posibilidad a estos talentosísimos artistas que ya todos conocemos en las artes escénicas. Así es como El Pacto, un thriller musical (Thrill me, el título original) llega por primera vez a los escenarios de nuestro país para dar mucho que hablar y convertir en hielo cada masacre.
En el año 1996, Javier Daulte estrena la obra de teatro Criminal en el Payró. Desde ese entonces la dramaturgia, cargada ironía, exageración, realismo y pasión, se fue apoderando de los espectadores -quienes hallaban un lugar en que sentirse identificados-.
Ver a Leticia Torres actuar es un placer y no solamente por su carisma innato sino porque es capaz de interpretar a personajes tan pero tan diversos que dan cuenta de su excelencia como artista.
Escrito
en noviembre 15, 2016