*** SEPTIEMBRE 2025 ***

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Recordar con el corazón

El Sr. Kaplan

El noveno Festival Cervantino de la Ciudad de Azul (Buenos Aires) es uno de los certámenes de arte más importantes del país y con más variedad en sus disciplinas. Este año, una vez más, con el apoyo de cada uno de sus organizadores y voluntarios pudo llevarse a cabo. La fuerza de esta movida cultural es contagiosa y se vuelve adictiva, con ganas de que no termine ninguna jornada, ansiando que cada espectáculo se convierta en una huella inolvidable para Azul y para cada uno de los que acudimos como espectadores.

La Criba ofrece una velada única con un unipersonal de Buenos Aires que no es una mera obra con un protagonista sino una clase magistral sobre narrativa, estilos literarios, discursivos, una fusión muy interesante con soportes tecnológicos (grabados y en vivo) y la actuación de un artista talentosísimo, dirigido por un talentoso.

En un mundo en el que solo él y sus recuerdos forman parte, convive su pasado con su triste realidad. O, al menos, la realidad que de alguna manera fue eligiendo a lo largo de la vida.

Sentado en una silla, en penumbras, con una bata y los pelos revueltos, como si ya nada le importara. Rodeado de equipos de música, televisores y una colección de videos que él mismo grabó en su hogar para que su memoria no le juegue una mala señal. Todo ordenado por fecha y número como para que cualquiera que deseara hacerse del material no tuviera inconveniente de encontrarlo.

Así es el Sr. Kaplan (Abian Vainstein y dirigida por Agustín León Pruzzo), un hombre mayor, de origen judío que desea compartir algunos momentos con nosotros muy peculiarmente.

No tiene familiares vivos ni amigos que vea, ni mujeres con quien desee pasar el rato. Sus recuerdos lo sumergieron en una soledad absoluta, angustiante, trágica pero, gracias a sus olvidos, con ciertos ingredientes de humor que le hacen sobrellevar tantas penas.

Existen varios aspectos a resaltar, sobre los que se apoya el relato de Kaplan: el recurso de la anécdota, del soporte fílmico y del monólogo que no se expone como tal ya que no se comunica de manera directa con el público sino que se combinan sus diálogos con Kaplan del pasado. De este modo, por momentos, parecieran ser dos hombres completamente diferentes (opuestos inclusive), aunque conservando todas las mañas y obsesiones que lo pintan como individuo.

La historia de Kaplan atrapa de principio a fin, emociona, recorre cualquier cuerpo humano con escalofríos por la pasión con que interpreta a sus personajes y el modo de transmitir su vida tan desgarradoramente, tan real y tan precisa.

Una vez finalizada la función, Gabriela Izcovich (curadora de artes escénicas en el Festival) tuvo la interesante idea de abrir los micrófonos para que sepamos detalles de la construcción de El Sr. Kaplan y todo su proceso de creación a lo largo de los meses.

Agustín León Pruzzo se refirió, en primera instancia, a los desafíos de esta dramaturgia diciendo que: El primer desafío, a nivel montaje, era que el mismo actor iba a tener que hacer dos personajes, con treinta años de diferencia y también estaba el desafío para trabajar para dos soportes distintos (…). Fue un proceso como de ida y vuelta en el trabajo audiovisual y debajo del escenario.

Hasta que tuvieron el video definitivo, fuimos haciendo nuestros propios videos, caseros (…) para fusionarlos con el personaje en vivo.

Otro punto a favor en el que observa una real solidez de la pieza artística, es la referida al modo que tuvieron actor y director en realizarla: la escribimos juntos (…) Nos fuimos convirtiendo en un motor de búsqueda con distintos referentes literarios que nos interesaban, agarramos por ejemplo la Carta al padre (de Kafka), como para alguien que recupera eso y, de ahí, evolucionó el vínculo de este personaje con su padre, aparecieron también referencias a una obra de Samuel Beckett con La última cinta de Krapp -un hombre que escucha su voz muchos años atrás-. En la obra no se metió tanto con lo anecdótico pero sí con el organismo de uno y cómo se escucha en la voz. También trabajamos con Paul Auster (que gracias a Gabriela yo pude hablar con él), que su invención de la soledad es como su versión de la Carta al Padre; y también poniéndonos con nuestras propias impresiones y algunas referencias autobiográficas (…).

Y, luego, Abian Vainstein, se explaya sobre otros detalles de la construcción de sus memorias (las cuales no imprescindiblemente fueron reales sino prestadas) y un sinfín de ideas creativas que le permitieron hacer de la soledad un ámbito realmente desolador en el cual ni siquiera es acompañado por un perro o gato sino por un simple pececito rojo. Claro que no es una elección azaharosa sino inteligente: un pez recuerda con la memoria del corazón – menciona Kaplan en cierto momento de la obra. En cambio, una persona lo hace con el cerebro. ¡Qué disputa ambivalente puede surgir de un debate semejante!

Un padre que murió hace décadas, del que se recuerdan cosas que posiblemente nunca ocurrieron pero que por necesidad se desea que así permanezcan en su interior; otorgándole esa caricia a su alma que solo él puede darse actualmente.

Aparte de crearse a partir de literatura universal, se empezó a entremezclar con situaciones personales, modificadas, para que sirvieran a la causa de armar (Abian).

Mariela Verónica Gagliardi

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La evocación permanente

Alma

Continuada a “La mujer puerca”, esperamos un ratito e ingresamos, nuevamente, a la sala de La Criba -una sala de casa antigua, con techos altos y puertas delgadas de madera-, para presenciar “Alma teatral” (escrita y protagonizada por Gabriela Izcovich).

Lía es la intérprete de este gran drama en que es posible replantearse la vida.

Dentro de una casa, decorada hasta con el más mínimo detalle, ella sonríe, se entristece y llora.

Sus relatos datan de veintiséis años atrás y, cada uno de sus recuerdos, la hacen transitar por diferentes aromas y texturas de una época inolvidable como mujer y persona. Nada menos que a su gran amor conoció. Su médico, Oscar Alma, el cual tiene un apellido que, a ella, le llamó siempre la atención. Este hombre le aconsejó que para curarse debería visitar el balneario Sofía, un lugar con tan solo quince habitantes. Lo curioso es que Sofía -la dueña del sitio-, le dijo en cierta ocasión que: “es muy buen augurio que un hombre tenga de apellido Alma”.

Mientras Lía narra su pasado, convirtiendo cada relato en un paisaje diferente; cocina una tarta de manzanas. Ella dice que le encanta cocinar y, al verla, uno puede darse cuenta de es su manera de canalizar sus angustias y penas. De mantenerse a salvo entre tanta melancolía y dolor, por lo mucho que extraña al padre de sus hijos.

La pobre mujer está practicamente sola y no parece interesarle hacer amistades o crear lazos nuevos, para no sufrir más. “Una relación, por una cosa u otra, trae dolor”.

Después de conocer su pasado y presente, Lía nos cuenta sobre su vinculación con el teatro. Afirma que no soportó ciertas cosas del ambiente, como la opinión de los críticos que son capaces de hundir a una obra cuando recién está asomándose a la superficie.
Este paralelismo entre ficción y realidad, también pudimos notarlo como un rasgo interesante en la obra Un tren llamado deseo que presentó junto a sus alumnos. Gabriela Izcovich es actriz y Lía lo fue. Quizás, Lía es parte de Gabriela, ese lado temeroso que flagela ante un intento. Pero, Gabriela supera las debilidades de la otra.

“Al abandonar el teatro, abandonó gran parte de su vida” – solía referirse Alma a su amada.

Armonía, respeto y silencio; son las tres palabras que más se repite para sí misma. Nos las repite a nosotros. Intenta convencernos sobre el significa que tienen. Ella parece mantener la calma y es que, otra alternativa no le queda. A su vez, dice que sus hijos la aceptan como es y ella a éstos. Y el silencio no parece aún llevarlo a la práctica. Tiene la necesidad, imperiosa, de hablar, de sentirse acompañada. Es un silencio obligado, en cierta forma, el que practica a diario.

El público es su lazo más estrecho, durante una hora, hasta que se disuelve; trayéndola al presente real en que está con ella misma.

Luego de revivir lo que sintió en su momento de enfermedad, en el instante en que se enamoró y cuando más sufrió; llega a la conclusión de que no precisa volver a las tablas y actuar de otra, ni disfrazarse. La verdadera obra de su vida es “la evocación permanente”. El poder traer al presente un recuerdo, un aroma, una sensación… y compartirla con extraños que son incapaces de meterle el dedo en la llaga, que son incapaces de juzgarla o de condenarla.

Lía es así, una mujer noble, apasionada por el arte culinario y la suma delicadeza que tiene hasta al pelar una manzana. Todo su dolor se convierte en una comida sabrosa que comparte, en esta oportunidad con los espectadores que, gustosos, deleitan y continúan oyendo cada palabra.

Como si fuera poco, canta sobre unas melodías que, según ella, merecían tener letras.

Mariela Verónica Gagliardi