*** Octubre 2017 ***

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Un Hado Padrino que sí ayuda a ser feliz

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Las princesas y sus reinados están extinguiéndose, por suerte. Aquellas épocas en que había que ser “perfecta” físicamente, ya no es lo más aceptado por la sociedad, aunque la moda es un tanto retrógrada y, aún, se empeña por mostrar la anorexia en sus pasarelas.

“Desprincesada” (escrita y dirigida por Luján Zalazar) apunta a algo más profundo: a descubrir, internamente, qué quiere cada mujer en su vida e ir por ello. Parece algo trillado este mensaje pero siempre que una teoría sirva para reforzar un objetivo, no será simplemente slogan sino aprendizaje.

Para el caso, podemos notar cómo un vestuario se pone de “moda” y muchísimas mujeres lucen iguales, idénticas. Ya nada las diferencia. Sin embargo, están aquellas que quieren, que queremos, ser quienes somos y lucir lo que nos guste.

La princesa Victoria (Carolina Domenech), que así ya nace, tiene todo el derecho del mundo de construir su propio reinado que, quizás, se encuentre en el centro de una plaza o siendo hippie o descubriendo al amor en el sitio menos pensado. Pero, esta princesa, se despoja de sus ropas caras y elegantes para ser ayudada por el más carismático Hado Padrino (Alejandro Paker), quien la llenará a esta jovencita de mucha ilusión, algo que no sabía que existía hasta el momento.

Desprincesada es una historia para aquellas niñas y adolescentes, que no son el estereotipo de mujeres perfectas, que no encuentran cómo hacerle frente al mundo cruel que tantas veces se presenta ante ellas. Entonces, esta historia comprometida decide otorgarle el valor necesario a quienes lo precisen y, como si fuera poco, está integrada por un elenco con personajes muy disímiles entre los que cada espectador se podrá Desprincesadas29identificar. El atractivo visual que presenta es mágico y le permite al argumento hacer énfasis en las cuestiones más trascendentes. A esto se suman los cambios de vestuario, la excelente escenografía (a cargo de Francisco Paciullo) e iluminación en distintos colores que hacen de este gran cuento una historia de vida; para luego ubicarnos en el espacio. Así, todo se vuelve más bonito, más relajado y la aventura de ser yo (como se denomina la bajada del título de esta presente historia) con mayor naturalidad.

Los colores y canciones que se pueden percibir durante la función no decoran sino acompañan y narran un antes y un después. Esta historia no tiene un argumento nuevo sino singular, porque cada mirada lo es, al igual que cada una de los terrestres.

Porque desde infantes venimos escuchando y viendo a aquellas niñas que, siendo ricas o pobres, siempre terminan casadas y con el hombre perfecto. Pero, ya es momento de ponerle un stop a esos futuros trazados por Siglos tan lejanos y dejar que cada una elija su destino, no que camine por el sendero ya trazado por sus ancestros.

Desde el comienzo, la Reina Madre Elizabeth (Ana Acosta) y el Rey Padre Maldazzar (Hernán Jimemez) se distinguen. Son ellos los encargados de abrir las puertas del castillo para que veamos sus interiores, para saber de qué se trata estar entre esas paredes tan Desprincesadas13rígidas y conservadoras día tras día. Al parecer, no son solo los padres de Victoria los empecinados con continuar la dinastía sino el temor que sienten por el Ente Poderoso (Christian Sancho), quien vestido de negro y luchando por derrumbar la luz, los envuelve con su gran capa de terror. Este rol le queda muy bien a Sancho y así, la línea divisoria entre el bien y el mal, entre lo que tiene que ser y lo que queremos que sea.

Podría afirmar que la llegada de Paker a escena desdobla la historia en dos. Existe un antes y un después muy notorio. Su talento y composición del personaje le otorgan, como siempre, un plus a las obras musicales. Por ello, su aparición le brinda más fuerza a los relatos, más seguridad a los protagonistas y el vuelo que cobra Desprincesada es el esperado. A su excelencia se suma la de una pequeña de doce años, Barita (Annie Milco), que con su vocecita (y digo vocecita por su ternura, porque realmente es una gran voz) cautiva la sala. Quien hace de su hermano Uli (Simón Hempe) consigue resaltar y la Hada Madrina (Sofía del Tuffo), también, logra unirse a este colectivo de artistas impecables.

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Quedé emocionada y conmovida con un trío a cargo de: Paker, Hempe y Milco. Sus voces, al unísono, demostraron cómo tres generaciones pueden fusionarse tan pero tan bien cuando se tiene ese don en el alma. Se llevaron muchísimos aplausos porque la emoción es algo que sale por cada uno de los poros de la piel hasta convertirla en magia. No esa magia de los cuentos de hadas con el final feliz, sino aquella otra magia que surge cuando se busca la alegría, esa sonrisa que tantas veces se pierde y que es posible recuperar con casi nada. Simplemente poniéndole el cuerpo a la vida.

Mariela Verónica Gagliardi

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