*** SEPTIEMBRE 2025 ***

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El espanto de estar vivo

Cumple zombi1

La Sala Casacuberta del Teatro San Martín en este caso no se ilumina sino que se oscurece para adentrarnos en una historia muy peculiar: la de un zombi que busca ser querido y aceptado por sus semejantes. Con una música que recrea la atmósfera pretendida, lo negro y colorido se unen y separan cuantas veces sea necesario para dar lugar al conflicto, al amor, al deseo, a la bronca y a todo tipo de sentimiento surgido.

Ivo Siffredi adapta el cuento Cumple zombi (de Alberto Pez y Roberto Cubillas) al mundo de los títeres en que todo es posible. Ese universo de hilos, de marionetas y de voces cambiantes que irán construyendo al pueblo de Jacumel -un espacio habitado por seres un tanto peculiares que, como todo lugar, tiene buenos y malos-. Con su impecable dirección y confección de marionetas y títeres, este espectáculo se torna maravilloso.

Como en la película de los ochenta, Beetlejuice que fusionaba el suspenso con humor negro y la comedia, Cumple zombi transita por un mundo con códigos como el de los vivos pero muchísimo más entretenido y no convencional.

Cuando las luces se atenúan, el humo invade y ellos aparecen, de a poco, uno tras otro para celebrar un nuevo aniversario en la vida de Benito. Si hasta suena tierno este nombre al igual que sus ojitos que pestañean cuando se enamoran, que teme no tener torta ni regalos y el olvido de sus amigos.

Más allá del festejo, ocurren algunas peripecias antes de llegar al mismo. Y es que una mujer, en este caso una zombi, se disputa el corazón de dos y uno de ellos jugará demasiado sucio pretendiendo envenenarlo.

Un primer beso que se hace esperar, que quizás nunca llegará. La tensión es sopesada gracias a los diferentes animalitos que se mueven espontáneamente dentro de la escena, recobrando su libertad. Los vivos no mucho más vivos que los muertos y éstos teniendo los mismos sueños de cualquier mortal que se enciende cuando ve luz y se entristece al apagarse.

Realmente es atrapante el modo en que se desarrolla la dramaturgia, la habilidad en que los titiriteros se desempeñan y la parte visual súper atractiva que cautiva en todo momento, consiguiendo sonrisas y sustos en las caras de sus pequeños y adultos espectadores.

Existen varias enseñanzas en esta historia referidas a los buenos valores, a la felicidad y a las pequeñas cosas que sirven para construir un mundo mucho mejor. Si la trampa no existiera, no habría corrupción. Claro que la magia de esta aventura no apunta a asuntos políticos pero sí puedo afirmar que la política está presente como mecanismo para llevar adelante un festejo con toda la ingenuidad que eso implica, la misma que tiene una mirada ante la presencia de un ser amado o las maripositas en la panza cuando se está acercando o hay incertidumbre.

Para que nadie del público se pierda en el relato, una pantalla gigante subtitula extractos de cada escena y, a su vez, el personaje de Bikor (interpretado por un humano que también es movido con hilos) se encarga de hilvanar cada uno de los diálogos, conceptos y escenas existentes para que ningún niño quede afuera de lo que acontece.

Una aventura en la oscuridad en que los colores fluorescentes nos dejan atónitos y permiten que disfrutemos durante una hora de un espectáculo excelente, bien realizado y con todo lo que tiene que tener una obra para ser de alta calidad.

Colores por todos lados, formas distintas, voces de diferentes tonalidades, personalidades que se unen o disienten, dos universos de lenguajes paralelos (escénico y visual), un cumpleaños quizás no como el ansiado pero cumpleaños al fin que logra vencer todo tipo de obstáculo para traer lo más lindo de la vida -o de la muerte- que es poder compartir a pesar de las diferencias.

Los hermanos Desgracia quisieron hacer valer su nombre pero entre tanta alegría su cometido llegará a exterminarse por completo.

Como en la película de los ochenta, Beetlejuice que fusionaba el suspenso con humor negro y la comedia, Cumple zombi transita por un mundo con códigos como el de los vivos pero muchísimo más entretenido y no convencional.

Elenco: Daniel Spinelli, Silvia Galván, Bruno Gianatelli, Florencia Svavrychevsky, Valeria Galíndez, Julia Ibarra, Victoriano Alonso, Pablo Del Valle, Celeste López, Leticia Yebra, Lorena Azconovieta, Cristóbal Varela, Ariadna Bufano, Esteban Quintana. Diseño de escenografía, títeres y animaciones de pantalla: Roberto Cubillas. Realización de títeres, diseño y mecanismo de marionetas: Victoriano Alonso, Pablo Del Valle, Cristóbal Varela, Katy Raggi, Florencia Svavrychevsky, Ivo Siffredi. Música incidental original y dirección musical: Santiago Chotsourian. Diseño y puesta de sonido: Mariano Fernández. Dirección: Ivo Siffredi. Funciones: sábados y domingos, 16 hs. Teatro San Martín.

Mariela Verónica Gagliardi

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La mirada del espectador

Calabazín32

El espíritu de esta obra es que no tenga diálogos para que pueda ser compartida por personas que no estén al alcance de la palabra.

Calabazín (escrita y protagonizada por Ivo Siffredi) es una obra de teatro de objetos encantadora. No solo por la ternura con que el artista manipula a sus más de 42 títeres, sino por las historias encadenadas a lo largo de la puesta en escena.

Además de ser una pieza artística para toda la familia, permite que los bebés, niños, jóvenes y adultos puedan absorber y analizar la dramaturgia desde una óptica diferente -llegando a conclusiones similares, diferentes o inclusive opuestas-. Así, la magia se apodera de los espectadores, brindándole al público la varita para convertir cada calabaza en el personaje que más le guste.

En esta oportunidad, Calabazín, se presentó en la sala de La Usina Cultura Chascomús y si bien la tarde fue muy calurosa, ese motivo no impidió que las sonrisas se unieran al unísono.

No son muchas las obras de este género que permiten situarse como espectadores al estilo de escenario a la romana o detrás de bambalinas. Esta es una de ellas en que uno puede optar por ver lo que el titiritero muestra o aquello que está por detrás, esos trucos y todo lo oculto que tanto intriga a los más curiosos.

Durante esta función se dio una situación bastante frecuente: los niños se pasearon de un lugar a otro, mientras que los adultos fueron los que menos se animaron a trasladarse por miedo a perderse cosas -según dijeron al terminar la obra-.

Es increíble cómo la sociedad está acostumbrada a obedecer los mandatos más rígidos, perdiendo de a poco esa libertad tan linda de la niñez.

En cuanto al guión, Ivo mencionó que éste fue variando con el correr de los años hasta convertirse en el actual. Lo mismo ocurrió con los títeres. El espectáculo se trabajó durante más de seis años, buscando las acciones más contundentes, para buscar las escenas de cada acto (nos cuenta Ivo Siffredi). En un comienzo eran los tradicionales de manga con vestuarios determinados, hasta llegar a la elección de estas calabazas, como símbolo natural, terrestre y simple.

Resulta muy interesante el poder ser partícipe de las escenas creadas especialmente para plasmar etapas de la vida tan diferentes como son: los bebés dejando el chupete, los animales jugando entre ellos, los adultos magnificando hasta lo más irrelevante, entre algunas de las más representativas.

Cabe aclarar que cada escena está acompañada por música salida de consola, además de ser el propio artista quien expresa los propios sonidos para cada personaje de las narraciones.

La poesía visual -tal como la denomina el actor- se apodera de todo, haciéndose valer de la expresión y el drama, para demostrar que la palabra no es fundamental. Cada cual puede recortar, construir, armar el relato que le gusta.

Decido involucrarme como niña y como adulta, intentando conseguir dos resultados posibles al análisis.

Como niña, sin lugar a dudas, me hubieran llamado mucho la atención los perros calabaza, tan juguetones, traviesos y simpáticos. Aunque, como adulta, supera cualquier rito imaginativo, el matar moscas. Esa secuencia que se repite y remata al final, es una metáfora al daño, constante y progresivo, por el que la humanidad transita.

Todo lo molesto es quitado del camino, sin evaluar su importancia sino tan solo el egoísmo personal.

El poder en esta obra lo tiene cada espectador que se hace responsable de la lectura e interpretación que realice, lo que dará la pauta sobre quién es.

 Mariela Verónica Gagliardi

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