*** SEPTIEMBRE 2025 ***

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Vivito de antes y de ahora

Vivitos y coleando

Hace varios meses me acerqué a ver la obra Vidé, la muerte móvil en que actuaba Carlos March. Una puesta realmente fuerte, conmovedora, llena de humor e ironías por doquier. Pero, no es motivo de esta nota volver a mencionar dicha dramaturgia sobre la que ya escribí en su momento, sino el citar a este artista que hace un tiempo volvió a las andanzas con Vivitos y coleando, el musical que allá por 1986 estrenaba Hugo Midón junto a Carlos Gianni, con un elenco que es mitad nuevo y mitad el mismo de siempre.

De pequeña no tuvo la oportunidad de ir a una función de este clásico infantil así que unos cuantos años después me emocioné al poder hacerlo. Ser periodista no es una profesión fácil ni siempre placentera, así como tampoco es recurrente el ver espectáculos que motiven mi escritura.

Vivitos y coleando me puso la piel de gallina, en primera instancia por la cantidad enorme de adultos que sacaron su entrada sin venir con niños, sino para recordar aquellos tiempos en que las canciones se componían de una manera única y especial, en que las melodías eran pegadizas y en que los más chiquitos tenían la posibilidad de crecer rodeados de amor, ternura y enseñanzas de la mano de estos autores.

La obra transita todas las canciones del disco, los actores cantan en vivo y los espacios se van recreando de un modo especial como para dar pie al tema siguiente.

No son solo frases evocadas sino escenas conformados excelentemente, con intérpretes -idóneos a nivel artístico-, y la calidez de todo aquel que se para en el escenario para transmitir un conjunto de emociones a sus espectadores. Ese momento es y fue lo que permite y permitió que la función vuele más alto que un ave y recorra los corazones de bebés, infantes y adultos.

En cuanto a la escenografía, está conformado de tal manera que nada sobra, sino que es lo necesario para permitir una narración ubicada en tiempo y espacio. A su vez, la iluminación va invadiendo de colores los diferentes espacios y estos siete payasos nos invitan a viajar por una época importantísima, pos dictadura en que era preciso respirar de alegría y serenidad.

«Esto de pelearnos todo el día por llenar nuestra alcancía, no va más. Esto de agarrarnos de los pelos, por los celos, no va más. Habrá que hacer lo necesario para que estemos bien, sin hacernos daño» (No va más).

¿Qué diferencias artísticas existen entre esos años ochenta y la actualidad?

En principio hay que analizar el social-histórico que nos tocó a nosotros, a nuestra generación. En los 80´ había todo un desborde de deseo, de entusiasmo, de ganas y de toda una descarga de una época de oscuridad, de represión, de dolor, de muerte, de todo lo que ya sabemos que pasó… inevitablemente, fue como una explosión artística donde lo técnico y demás cosas que tienen que ver con lo profesional, con la búsqueda de estética y de perfecciones no era lo más importante. Ahí lo importante era la libertad de hacer lo que uno quería y descargar, como una efusividad (propia de cuando se destapa una olla a presión), entonces salió todo a borbotones.

Y cuando las aguas se fueron calmando (no sé si es bueno o malo), aparecieron otros objetivos, otras consecuencias y en el caso mío me pude dedicar más a eso, a la estética, a la búsqueda de lenguaje, a encontrar maneras de expresar que sean más representativas, seleccionar un poco más el material, con quién trabajar -lo que te da un poco la calma de todo eso, ¿no?-; poder separar la paja del trigo, disfrutar de lo que uno va haciendo y tratar de evolucionar, de mejorar.

Despues de casi tres décadas, ¿qué cosas cambiaron en Vivitos y Coleando?

De eso se encargó Manuel González Gil que, justamente, para eso y otras cosas, lo convocamos a él. 

Ser dirigido por Hugo Midón, durante tantos años, trabajando material de él, formando parte de un equipo que con los años se fue consolidando y fue generando un lenguaje que hoy todavía sigue vigente… era complicado quién nos iba a dirigir. Nosotros conocíamos el material, con Roberto (Catarineu) nos encargábamos un poco de lo estético y, de transmitir esa estética a los compañeros más jóvenes que estaban convocados. Pero decidimos desligarnos de eso y confiar en un director que supiera interpretar eso. Creíamos que Manuel era el más indicado, por una cuestión de generación también, por una cuestión de afinidad de él hacia el material -porque nos conocimos cuando ellos hicieron Los Mosqueteros-. Y, además, Manuel se entusiasmó muchísimo cuando le preguntamos. Más allá de que nosotros confiábamos en la mirada de él; a mí me sorprendió mucho su aporte y en cuanto a aggiornar el material, de la manera que lo hizo -con las luces y el sonido-.

Queda como un music hall para niños.

Queda una cosa raramente atractiva.

Por más que hizo adaptaciones a cuestiones contemporáneas, uno se siente en los 80´.

Ahí aparece el espíritu hoy.

No es como un túnel con telarañas.

Se sacudió el polvo y apareció hoy lo mejor: un aggiornamento y una mirada moderna, humanizada. Y, también, aportó muchísimo Jorge Ferrari y su escenografía que es muy puntual, muy chiquitita, muy sencilla -no hay trazos gruesos-. Además, es un amigo de muchos años, nos conocemos. Entonces, conociendo con quién trabajás, salen estas cosas. Bueno, Mónica Toschi (vestuarista) que siempre trabajó y lo de ella siempre es muy apropiado y atinado y de muy buen gusto; siempre dentro de lo austero (del espíritu de lo que es la obra de Midón).

Hay espectáculos que quedan marcados en una sociedad entera. Este es uno de ellos. ¿A qué creés que se deba el éxito?

Con los años de ir haciendo teatro he comprobado que el éxito es algo inexplicable…pero en el caso de Vivitos y Coleando, podría decir que no lo es. Haciendo un poco de historia, y partiendo de la dupla Midón-Gianni y de la continuidad de trabajo con ellos y con mis compañeros, Catarineu y Tenuta,se fue conformando una estética que se transformó en un movimiento teatral yo diría que de culto. Lo de ahora no es más que el resultado del ejercicio de la memoria de lo hecho mas la sumatoria de nuevas generaciones que crecieron como espectadores de aquél fenómeno y un público memorioso que respondió con nostalgia y entusiasmo a la propuesta de volver a encontrarnos.

¿Cómo manejaste esa gran dicotomía entre ser parte de Vidé, la muerte móvil y Vivitos?

Uno para eso se entró, estudió, se preparó y tiene una predisposición natural a abordar lo que uno elige para hacer. No fue fácil. Para nada fácil. Porque para eso se ensaya, se trabaja, se preparan las cosas. Pero una vez que estrenás, que el material sale a la luz, el público lo empieza a ver, lo empezás a compartir, a desarrollar y a transitar; después se transforma en una tarea -que no es cualquier cosa-.

Más fácil de digerir.

Y, porque es de alguna manera sanador. El teatro es sanador en general. Yo disfruto muchísimo de todo: de hacer Vivitos y de hacer Vidé, que es lo que me representa en toda su dimensión (desde los niños y hasta los adultos), y lo hago con la misma entrega.

Siempre con tap.

Me lo piden (risas de alegría y satisfacción). Estamos hablando de mis referentes en cuanto a teatro: uno, mi maestro Antonio Mónaco que es el que me inmaculó el virus del teatro cuando era joven y estudiaba (y que, justamente, era el que tenía El Picadero en la época que le prendieron fuego durante la dictadura con Teatro Abierto); Hugo Midón y Norman Briski. Norman fue el que me dijo: te vas a poner los zapatos de tap.

Es que le da un condimento, una sutileza.

Ese ruidito para caminar, para diferenciarlo del otro que son botas. Esa sutileza del tiqui tiqui tiqui que es la complicidad civil, que es una especie de Bufón del Rey -que lo acompaña, que lo adula, lo chucea-, convive con él, lo va preparando para la muerte.

Esas vueltas en bicicleta…

Y ese caminar, permanente, en círculo de los dos. Videla transitándolo rectamente, con el color rojo, y el amarillo sinuoso de Biondi.

Hay muchísimas escenas muy fuertes: la del ataúd…

Donde aparecen, además, Pepe Arias, Marrone, Sandrini…

La cruz, esa cruz imponente con la bandera.

Y muchos simbolismos.

Y el Falcon…

El Falcon, ni que hablar…

Y, al mismo tiempo, el lenguaje del grotesco. Como puso Norman en el programa: tenemos derecho a burlarnos. Porque este tema si ya no lo tratás de esa manera, mejor que ya no lo trates, porque ya está.

La propuesta de Vicente Muleiro venía siendo grotesca y patética pero que teatralmente…

Además, al ser el escenario a lo largo permite observar todo en todo momento.

El espacio que tiene Norman es muy seductor.

Con esa escalerita.

Y propone, teatralmente, jugar y utilizar todo lo que hay.

¿Qué opinás de lo que cree un sector de la población acerca de que actualmente no hay democracia?

Eso no merece ya ningún tipo de comentario.

¿La democracia de los 80 era más democrática que la vigente?

Lo de la democracia es así: hay bemoles, hay idas y vueltas, cosas buenas y cosas para mejorar; pero siempre es lo mejor que hay. No hay ningún sistema mejor hasta ahora. Si se hubiera inventado, estaría apoyándolo. Lo importante es cómo nos manejamos dentro de la democracia.

Si yo vivo en democracia pero soy un intolerante -si soy todo eso que se dice desde el odio, desde el resentimiento, de la crítica y nada más- … además somos una democracia joven (comparada con otras democracias a las que siempre nos queremos parecer), pero no nos estamos fijando nosotros lo que estamos haciendo mal para ver qué son. Entonces estamos navegando siempre entre esos recovecos complicados.

¿Si Hugo Midón estuviera presente qué diría?

No sé, tengo miedo (con tono contento). Porque era una persona tan exigente, tan cuidadosa de su material… no me animo a decir…

Yo creo que aplaudiría.

Sí, yo creo que sí. Creo que estaría contento. No sé cómo reaccionaría porque era muy hermético en su manera de expresar sus sentimientos. Me imagino que mal no estaría porque el espíritu existe, sigue estando. Al verlo a Gianni, cuando viene, está contento… ahí me doy cuenta que lo estaría (Midón).

Iría como en efecto dominó.

Hay mucha afinidad entre ellos y coincidían mucho estéticamente en sus gustos y demás.

¿Pensás que la gran cantidad de espectáculos que hay para ver en la Ciudad de Buenos Aires es para satisfacer los diferentes gustos del público o necesidad de los propios actores por hacer lo que les interesa?

Y, debe haber. Yo no he visto todo. Como todo, hay de todo. Yo supongo que lo más difícil es juntar esas dos cosas. Yo lo que hago lo hago para mí y en la medida que lo que yo haga para mí sea coherente, sea honesto, idóneo en cuanto a cómo comunicar y cómo contar y mostrar un trabajo; supongo que, del otro lado, tiene que suceder algo parecido. Creo que está bien que uno trabaje para uno. Ahora, lo que vos decís, si lo vemos con la mirada del ego (el ego es un arma de doble filo), si vos trabajás nada más que para vos… eso no quiere decir que hagas las cosas que la gente quiere escuchar.

Lo interesante del teatro es que cuando uno se mete en algo y quiere transmitir algo, se mete en un sin red que no sabe después qué va a pasar, y ahí está el riesgo. Sin riesgo tampoco hay satisfacción de buenos resultados.

El teatro es mágicamente inexplicable. Hay espectáculos que son muy buenos y el público no responde como debería y como uno cree que debería. Pero como todo es tan subjetivo, no tiene explicación.

¿Qué sensaciones vas teniendo a lo largo de la obra?

Estoy a 50 centímetros del piso siempre. Si querés una imagen: no me doy cuenta dónde está el piso. Es ese estado medio de levitación donde no aparece el pensamiento… es una eternidad que, en algún momento, me dice que paró, que terminó. Por ejemplo, ahora que estoy hablando con vos.

Mariela Verónica Gagliardi

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Un mundo según Midón

Te lo cuento al revés15

En un jardín de infantes, unos niños revoltosos deberán ser entretenidos -cosa difícil si la habrá-. Un mundo a los cuentos infantiles más famosos que se irán intercalando a lo largo de «Te lo cuento al revés».

El título ya de por sí es poco frecuente ya que por un lado sabemos que existirán narraciones pero, por el otro, la historia no lineal atrapa a los pequeños hasta el desenlace. Es difícil el camino escogido ya que una historia principal incluye a los clásicos infantiles, con lo cual no existe solamente un final para cada cuento sino también uno general para toda la obra.

Este aspecto positivo llega a los corazones y no sólo de los más chiquitos, sino de sus acompañantes. Pero, al contener como punto fuerte la música (de Carlos Gianni y Hugo Midón), es menester contar con intérpretes talentosos al igual que con un despliegue vocal importante. Acá es donde falla la puesta en escena, no en su totalidad pero sí en gran parte.

Gabriel Rossini (pianista y director musical) deleita enormemente con sus melodías, en la introducción y en cada instante de la historia -teniendo que acompañar, en vivo, a la pieza teatral-, permitiéndonos gozar de canciones infantiles muy bien interpretadas.

La cuestión es montar una obra donde el canto ocupa un lugar muy importante, escogiendo a artistas que no están preparados para ello. Cantar en una comedia musical es una tarea complicada, ya que hay que conjugar la actuación con la voz y esto requiere de un entrenamiento muy específico.

No pretendo herir susceptibilidades pero el hecho de que sea un espectáculo para niños no significa que se los pueda conformar con nimiedades.

Con esto no quiero decir que no haya talentos en la obra pero están en proceso de formación y exponerlos de este modo considero que no los favorece.

Respecto de las actuaciones y vestuarios, se caracterizan bien con cada cuento y noté que al momento de tener más protagonismo -cada uno de los chicos- se podía lucir mejor que en su conjunto. Como si fueran capullos que de a poco se abren con el sol, eso es lo que vivencié en cada oportunidad, por el acento que pongo en el tiempo de evolución como crítica constructiva y no destructiva.

Campanita, Cenicienta, Pepa Luciérnaga -la novia de Pepe Grillo-, Caperucita (convertida en fan Lobo Feroz) y la abuelita de ésta, merecen un aplauso destacado ya que sus performances en estos personajes y todos los que tuvieron que desarrollar, pudieron brillar en interpretaciones y cantos. Sin micrófonos sonaron dulces, y al unísono se complementaron con los coros que iban rotando de un momento a otro.

Pero el gran acierto es tomar la esencia de cada personaje para recrearlo de otra manera. Así que la aventura, llena de adrenalina, nos sorprende y permite jugar con todos los sentidos.

El gran misterio es el mensaje profundo que encarna el musical, un mensaje para los adultos que sería como ajustar ciertos valores, sentimientos y solidaridad.

De repente una bandera argentina enorme flamea por sobre nosotros, demostrándonos que la unidad e integración son inmediatas. Que el mismo suelo nos hace parte de un símbolo llamado amor.

Carolina Mazzaccaro, una artista completa con un caudal de voz impresionante que logra desenvolver un rol bien marcado y, al rato, otro completamente diferente. Desplazándose por el espacio escénico con total soltura, adueñándose de cada espectador y llevándoselo en el bolsillo, por su humildad, seguro sin proponérselo.

Arte, música y clásicos, para niños y grandes pequeños.

Te lo cuento al revés ficha

 Mariela Verónica Gagliardi

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