*** Agosto 2019 ***

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Sonreí para la foto

Una familia feliz1

Todas la queremos, la perseguimos, la deseamos pero, pocas veces, podemos alcanzarla tal cual la imaginamos. Quizás sea porque nuestra mente es capaz de imaginar la perfección, lo ideal…

Una familia feliz (escrita por Javier Naudeau y dirigida por Federico Bruso) es un cachetazo a la realidad. Es como un “¡despertate que es tarde!”.

Heidi Fauth protagoniza a Raquel, una madre soltera que hace absolutamente de todo para conseguir sus caprichosos propósitos. Podría decir que no tiene demasiada conciencia y eso es lo que más llama la atención a lo largo de toda la dramaturgia.

Esta mujer se las trae con su temperamento ambiguo y deleitante. Atrae, seduce, propone y se desmorona -en breve- para volver a levantarse. Un personaje muy difícil de interpretar y que ella lo consigue con su virtuosismo.

Como si la realidad no fuera ya de por sí dura, tiene un hijo adolescente al que no le da demasiados buenos ejemplos. Y es que ella no puede ni siquiera con ella misma. Hace lo que puede entre vaso y vaso de alcohol. ¿Qué se le podría exigir?

Un living es el lugar en el que transcurren casi todas las escenas centrales, un sitio que alberga todo tipo de conflictos (algunos menores y otras casi imposibles de resolver con whisky).

Ella no es irresponsable, no es infantil, no es poca madre. Simplemente es lo que le permitió su pasado y que no pudo cambiar en el presente. Está sola. Más allá de tener a su hijo (Pedro Maurizi) y de querer fabricar un mundo ideal. Está en soledad porque no comprendió aún de qué se trata vivir. No comprendió que la excelencia no puede darse siempre y que los mandatos sociales y culturales tienen un nivel que logra deprimir a toda alma que no encuentre aún su rumbo.

Esta sociedad no ayuda, hunde.

Una familia feliz es una comedia dramática y, al menos, permite que respiremos risas en muchísimos momentos de la obra de teatro. Lo irrisorio es que este tipo de vínculos, como los que se suceden en la puesta; existen. Y en muchos casos.

Avanzar hacia adelante como quien camina sin recorrer algo. Poniendo curitas a las heridas, tapándolas para imaginar que no existen hasta que se desate una catástrofe.

Un padre para su hijo, sin importar quién o para qué. Un hombre, ¿no?

Sociedad patriarcal que se derrumba, que ya no tiene sentido. Y que, probablemente, nunca lo haya tenido.

Un niño que crece, que tiene que ocuparse de cosas que no le corresponden.

Pero, ¿qué es lo correcto o normal o?

Estafas, inmoralidades y varias situaciones contempladas en un abrir y cerrar de ojos. Papeles de regalo y bolsas de shopping que siguen en la misma línea lo idealmente adecuado para el capitalismo.

Uno, dos, ninguno. ¿Para que un hombre en casa? ¿Por deporte?

Emborracharse para disimular la angustia y tristeza de una vida que se desmorona, perjudicando (sin querer) a quien convive con ella.

Sensaciones tensas, información oculta, burlas constantes y la realidad que se planta para no irse más.

Rodrigo Paredes y Diego López Domínguez encarnan a dos hombres opuestos entre sí pero, a la vez, muy parecidos cuando se trata de engaños.

Hombres sin códigos y una “frágil” mujer que también aprovecha los momentos para vengarse de su miserable y penosa vida.

¿Hay algo que el dinero no pueda comprar?

En esta genial y entretenida historia podemos comprobar que lo cotidiano sí y que es lo que Raquel busca para solucionar el minuto a minuto. Las horas que disfraza con placer y cada vez más tragos. ¿Tiene sentido?

Contratar a alguien para su objetivo es lo que nos mantendrá ocupados a lo largo de la función y lo que hará que reflexionemos entre tanta adrenalina.

Alquilar para prescindir cuando se quiera, sin explicaciones. ¿Es tonta?

A veces es preferible que una copa sea la compañera ideal y delirar el presente como si la vida fuera parte de una ficción contemplada.

¿Dónde está la línea entre lo real y ficticio?

Comer para no tener hambre, amar para sentir el corazón contento y hacer el amor para que el cuerpo galope.

Raquel es una de tantas y, probablemente, una fiel figura de tantas mujeres que siguen atadas al deber ser para aparentar lo que no quisieran jamás tener.

Dramaturgia: Javier Naudeau
Actúan: Heidi Fauth, Diego López Domínguez, Pedro Maurizi, Rodrigo Paredes
Dirección: Federico Buso
Funciones: Sábados, 21 hs
Espacio Callejón

Mariela Verónica Gagliardi

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Un impulso al cambio desde lo más profundo

Presidio3

Ficha PresidioEs difícil decir que Presidio sea una obra de teatro o una performance o teatro físico; porque es eso pero muchísimo más. Es la posibilidad de sentir a flor de piel y, mejor dicho, en carne viva. La movilización interna me conmovió de pies a cabeza, me sacudió como se hace con una bolsa de boxeo y salí volando metafóricamente. Para escribir la nota tenía las palabras pero desordenadas. Y tuve que dejar aquietar las aguas. Quizás para quien no sufrió, sea una simple tarea de concentración y nada más. Pero, para quienes tenemos una estrecha unión con el argumento de Presidio, esto se vuelva un poco más complejo.

Esta propuesta nos ubica en un espacio cerrado, delimitado, cercado físicamente y en dentro del que ocurren infinidad de escenas que narran situaciones de la vida real. Y no significa que los espectadores tienen que ser seres que atravesaron traumas, sino que tienen que estar comprometidos con el dolor ajeno, con los vacíos enajenados, con el abandono, con la opresión, con el abuso, con.

No es una muestra de pintura donde se observa algo bonito sino una expresión artística completamente. Porque son cuerpos entrenados para transmitir lo que sus palabras callan, y porque cuando los labios se mueven es para decir lo que sus cuerpos, agotados, ya están cansados de emitir. Porque las frases reiterativas se entremezclan desde lo más bajito hasta estallar en lo más alto de una cúspide, allá a lo lejos. Porque por más que uno se esmere en interpretar lo escuchado, no siempre se podrá y ese es la primera herramienta a tener en cuenta. No tratar de comprender con los oídos sino con el cuerpo.

Cuando las extremidades se gastan, los cuerpos se desvanecen hasta volver a erguirse y tomar las fuerzas necesarias para caminar, correr, danzar o morir.

Lo que está bien o está mal no parece ser juzgado sino mostrado. De ahí que el público se encargue de sacar sus propias conclusiones.

Iluminación, música, objetos y voces se coordinan desde lo más íntimo hasta lo más profundo. Es perfecto lo que ocurre aunque no lo que sucede. De repente podrá notarse la figura de un padre que se va, que no está presente. Y esta desgarradora escena desde su ausencia hasta su retorno no es posible digerir fácilmente. Al menos no para quienes hayamos sido abandonados, para quienes sintamos que ese lugar en la mesa nunca más será ocupado.

Escenas de sexo implícito podrán verse al igual que otras muy fuertes en las que el sentido no es erotizar sino expresar lo que, con palabras, queda pequeño. Un abuso dicho no es igual a mostrado en acción. Y ese es el foco de Presidio (escrita y dirigida por Lucio Bazzalo), un cuadrado del que surgen, como fotografías continuadas, un montón de situaciones para contemplar detalladamente. Los excelentes actores serán los encargados de montar cada escena, encarnando varios personajes a lo largo de la puesta..

Sin embargo, cabe preguntarles por qué están presos si no se ven barrotes, ni cadenas ni una obstrucción a su libertad. Y es que de eso se tratan las micro historias, de la psicología de cada persona que está privada de su completa libertad hasta que decida hacerse cargo de su pasado, de su realidad y de su vida para elegir cambiarla por completo. Al menos, modificar lo que ya ocurrió y que está ocupando un lugar traumático sin tener un verdadero sentido. Como si la respiración se les cortara al rememorar lo que otros hicieron y ya no fuese posible construir algo bonito. Presidio, por ello, demuestra que sí es sensato tener esta terapia de shock para reciclar y avanzar en pos de mostrar un libertinaje despojado de traumas: en el que los cuerpos vibren, amen y odien solo cuando así lo sientan. No cuando una fuerza opresora los obligue ni cuando el más poderoso los haga ver un mundo oscuro y lleno de maldad.

Presidio es un torbellino de ideas para procesar en la intimidad, para meditar sobre sí mismo y no para dar la vuelta de página para evadir el sufrimiento.

Desde que presencié esta propuesta puedo decir que soy más feliz que antes y que me siento modificada por completo.

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Mariela Verónica Gagliardi

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