*** Septiembre 2018 ***

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La oscuridad no es tiniebla

 

Ver y no ver5

Empezando por el principio cabe resaltar que Oliver Sacks fue el neurofisiólogo que creó la verdadera historia, por tratarse de la suya en verdad. Sus problemas de salud lo hicieron estudiar incansablemente. No solo para salvarse sino para sanar a cuanta persona pasara por diversos problemas de salud.

Cuando pienso en el mundo de los ciegos me angustio de inmediato. Mi corazón late, precipitadamente, deseando nunca perder la vista. Ni siquiera por unos segundos. Ni siquiera para vivir una experiencia nueva. Nunca, jamás.

Creo que este miedo lo comparto con miles o millones de personas en el universo, pero es un miedo -como casi todos- infundado.

La vista a través de los ojos ve cosas que quienes están “privados” de la misma, no pueden.

Suena tan inverosímil este juego de palabras que cuando releo lo que escribo dejo de comprender absolutamente todo. Este papel debería estar escrito con palabras sin tinta, solo con imaginación.

De aquí en adelante solo analizaré lo que vi con el alma, con el corazón y con cada uno de mis sentidos. La vista la dejo para lo último porque no es indispensable para este magnífica obra de teatro que consigue trasladarnos a un campo colmado de incertidumbres, aquellas que al humano -por lo general- no le agradan.

“Ver y no ver” (cuyo título original es “Molly Sweeny”, escrita por Brian Friel y dirigida por Hugo Urquijo) es una invitación hacia lo desconocido por la mayoría de los mortales.

Si pudiéramos quitarnos los ojos, lo más probable es que no sabríamos qué hacer con nuestras vidas.

Sin embargo, Any Sweeny (Graciela Dufau) se desplaza por el escenario viviendo. Sintiendo. Aprehendiendo. Oliendo fragancias a flores exquisitas. Sabiendo qué hacer a cada instante, menos cuando su entorno está tan ansioso por una operación que podría devolverle lo que en un principio tuvo.

Ella no parece necesitar cirugías, ni cambios drásticos. Tiene lo que quiere. Lo que necesita. Lo que su corazón palpita.

Es encantador escuchar las diversas melodías que acompañan los relatos de los tres actores, que tienen su momento para expresarse en solitario, de manera privada, sin ser cuestionados o juzgados; a la vez que se fusionan espléndidamente. ¿Hace falta verlos con los ojos? Realmente no. Con la vista podemos aprecer ciertos detalles escénicos como la puesta minimalista con proyecciones cálidas y un mobiliario simple. Sin la vista se pueden sentir aquellas cuestiones inexplicables, sinceramente, con palabras. Con esto quiero decir que lo que pueda comentarles en esta nota es un mínimo porcentaje de lo que puede apreciarse a lo largo de toda la función que nos mantiene en vilo a los espectadores.

Emoción, escalofríos, llanto y cuántas cosas más logran cautivar a nuestros cuerpos. ¿Humor? Claro que sí, porque si bien es drama, el director consigue matizar y descontracturar llevándonos al inicio de la historia de amor de esta pareja encantadora: la de Any con su marido Martin (Arturo Bonín). Un dato particular y llamativo es que él la conoció al igual que en la actualidad, pero ahora, por algún motivo anhela que ella pueda verlo, quizás. Quienes vemos con los ojos estamos convencidos que quienes no se están perdiendo de mucho. ¡Qué egoístas y caprichosos que somos!

Sumergirse en la vida de esta gran mujer es sacarse muchos prejuicios, la venda llena de polvo y, realmente, empezar a vivir como seres vivos.

Tenemos un cuerpo que, tantas veces, no usamos por completo. Caminamos sin plantearnos que lo conseguimos gracias a las piernas. Besamos, sin pensar en que podemos gracias a nuestros labios. Y, así, podría enumerar muchos ejemplos que no harían más que aburrirlos.

“Ver y no ver” es una lógica racional versus una sentimental.

Queremos que la minoría sea como la mayoría sin evaluar, por un momento, que tal vez, que los más pueden ser menos.

Nelson Rueda, encarnando al Dr. Wasserman, el médico que experimentaría la “cura” de la “ceguera” de quien no parece tener demasiado entusiasmo en abandonar su universo paralelo.

A veces se puede elegir, y otras no.

Cuando sus ojos descubran, quizás sea demasiado tarde o, tal vez, la experiencia de su vida la haga entender qué le conviene.

Un devenir de situaciones harán que esta dramaturgia nos engalane desde el comienzo y no sufra ningún altibajo. Impecable, excepcional, perfecta e interpretada por tres grandes actores argentinos que no hacen más que convencernos de sus posturas.

Y vos, si tuvieras la oportunidad de escoger ¿qué harías?

Mariela Verónica Gagliardi

Elenco: Graciela Dufau, Arturo Bonín, Nelson Rueda.

Dramaturgia: Brian Friel.

Dirección: Hugo Urquijo.

Funciones: Miércoles 21 hs, Sábados y domingos 18 hs.

Teatro La Comedia.

 

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El retorno del melodrama

“La constancia del viento” nos presenta a un matrimonio infeliz, sufrido, hipócrita. Pero también, a otro amor paralelo que no puede ser.
Una muerte, mucha violencia, escándalos, heridas, llantos , verdades y mentiras.
Director y dramaturgo: Pablo Iglesias
Teatro Buenavía Estudio
(buenaviaestudio.blogspot.com)

La constancia del viento

Martín Paladino encarna al personaje de Juan Martín, un marido sufrido e infeliz quien hace diez años sobrevive al lado de Malva ( Cecilia Miserere) la típica bruja de los cuentos de hadas. La tercera en “discordia” es María Clara (Clara Virasoro). Los sonidos de una tormenta que permanece durante días, resuena como símbolo de la tragedia y los boleros que se van sucediendo uno a otro, marcan el paso del tiempo, de las escenas y de los sentimientos. La obra comienza con María Clara, la mucama de la casa, llorando. Ella es maltratada y humillada por Malva ya que significa una competencia en su vida amorosa. Cuando Clara sale a limpiar la calle se le vuela su canario, quien era su única compañía. Su llanto permanece a lo largo del melodrama y Malva se pone nerviosa por ello. Por otro lado, esta última finge una ceguera, para obligar a su marido a que permanezca a su lado aunque sea por lástima. El vestuario de María
Clara es blanco, como símbolo de pureza, el de Malva es totalmente negro por la opacidad de su corazón y el de Juan Martín es blanco y negro que demuestra un equilibrio. Una carta dentro de un sobre rojo, acompaña a la mucama, como única ilusión. Dicha muestra de amor es robada por Malva, quien se regocija de placer por el dolor ajeno. Por ello, decide fingir también un embarazo. Su esposo, ahora más que nunca, se siente prisionero, pero a su vez cuando su mujer despide a María Clara, todo cambia.
Una de las escenas más estremecedoras es cuando Malva hace un careo entre los dos enamorados y declara que ve. Luego, como acto de masoquismo y perversión decide servir el té para los tres y la taza con veneno justo la bebe su marido. Juan Martín antes de morir le cuenta a Malva que María Clara es su hermana. Este hecho provoca la unión de las dos y el acto culmina como una comedia negra.

Mariela Verónica Gagliardi

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