*** Noviembre 2019 ***

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Relax

Llegué para irme

Es cierto que vivimos en una sociedad enferma pero, ¿de quién es la culpa?

No tendría mucho sentido hablar de porcentajes personas psicoanalizadas porque, por lo general, los estudios se aplican a un sector de la población, motivo por el cual ya sería discriminativo.

Pero, se puede hacer el ejercicio de preguntarle a los propios vecinos si son felices, sin tienen algún trauma o padecimiento y, notarán, cómo se llevan la ingrata sorpresa… la felicidad no estaría existiendo en nuestro país. 

Por lo pronto, Llegué para irme (del histriónico, ejemplar, talentoso, comediante, director y clown, Gabriel Chamé Buendia) es un álbum de fotografías. ¿Por qué digo esto? Porque el artista logra capturar extractos necesarios y sorprendentes de lo cotidiano.

Relax es lo que clama para sí mismo y, cuando no lo consigue, nos pide que le tiremos la energía tranquilizante. 

Una puesta entretenida, gratamente movilizante (no solo por el sinfín de rutinas físicas desarrolladas a lo largo de la obra de teatro, sino por el gran sacudón que nos da) y a simple vista superflua. Me quedo con esto último para explayar.

Gabriel supo trazar una delgada línea entre lo que dice y el cómo lo dice, entonces el público realmente puede ser diverso completamente. No hay que pensar de una determinada manera y votar a o sentir cómo. Al menos al principio del espectáculo. Porque una vez que se transita esta aventura, ya no es posible salir corriendo en busca de piedad.

“Piola”, el personaje interpretado necesita descansar, dormir. Pero nunca fue tan difícil lograrlo. A partir de su insomnio, provocado por una cama que no funciona como tal, se irán desplegando muchísimas situaciones cómicas. Claro que no todo es risas, sino también (como todo comediante) sabe cómo interpelar a la angustia, al quiebre necesario para que Llegué para irme no sea un simple reír incesante.

Dicho título marca un estado de ansiedad patológica que padecemos todos los que respiramos en la Ciudad. Ya no es posible hablar de tranquilidad, armonía y paz. Al menos no certeramente. Quienes más relajados se ven, posiblemente estén consumiendo alguna pastillita que los ayude.

El estado de tensión, el ajetreo constante, el nivel de estrés y los nervios contagiados (justamente por la vorágine citadina) hacen que lo disfrutable no llegue a ser óptimo. 

¿Cómo se puede romper con lo enfermizo entonces?

Creo que suelto al aire la fórmula casi perfecta: haciendo teatro, yendo al teatro, participando de todo lo referido al teatro. 

Todo lo referido al arte y cultura nos rescate del sistema capitalista, de todo lo nocivo y nos abre una ventana infinita de oportunidades.

Viendo este espectáculo, apto para toda la familia, podrán comprender muchas cosas e incluso llevarse la sonrisa pintada en el corazón.

Música, saltos, brincos, rutinas vertiginosas, saltos y saltos que agotan, ejercitan y permiten volver a la búsqueda de algún documento, correspondencia y enlazar todo hasta estallar en carcajadas salvajes.

Los estados de ánimo varían de un segundo a otro, su cuerpo no para de sorprenderse y toda la “normalidad” se mantiene en stand by.

Resulta increíble cómo durante una noche pueden pasar tantos acontecimientos imposibles de sortear. No le queda otra que hacerles frente, abrazarlos y seguir adelante como sea.

Todos llegamos para irnos pero no con la intención de irnos sino de permanecer, ¿no?

El género clownesco tiene la particularidad de volver a la infancia y, desde allí, sentir como niño aún en cuerpo de adulto. Por eso puede contarnos sus pesares sin generar tabúes; y, ya que está, hacer terapia de grupo aún sin conocernos. Si tuviera un psicólogo en escena posiblemente le diría que todo fue culpa de su padre o de la sobreprotección de su madre. Ahondaría en su bienestar, el cual estaría sujeto al contexto, a su trabajo, a los desencuentros con su enamorada, a su necesidad por tener todo bajo control y perderlo al instante, a realmente todo lo que ocurre porque tiene que ocurrir.

Gabriel Chamé Buendia es un artista ilustrado que logra su cometido: conmover no desde las lágrimas sino desde la razón, porque el llanto cesa en algún momento pero el pensamiento reflexivo continúa como un motor encendido.

Eso es: chispas que brotan incesantemente, pidiendo auxilio para salir ileso. ¿Una horca? No, al menos por ahora no. Tocar un instrumento, calmar a la fiera, serenarse y “relax”, que un hombre no puede frenar al mundo pero sí correrse a un lado y seguir a su propio ritmo.

Llegué para irme foto SAT

Dramaturgia: Gabriel Chamé Buendia y Alain Grautre
Última función: domingo 17 de Noviembre, 18 hs
Sala Caras y Caretas 2037 (Sarmiento 2037 - CABA)

Mariela Verónica Gagliardi

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