*** Septiembre 2017 ***

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Maravillosamente real

Alicia5

Este clásico de Lewis Carroll, tuvo y tiene tantas interpretaciones y adaptaciones como se pueda imaginar. La niña, generalmente rubia, se quedaba dormida y soñaba estar en un mundo muy distinto al suyo, donde ocurrían cosas científicamente imposibles.

Alicia es un nombre en griego que significa verdad. No es casual, entonces, que esta joven aventurera intentara encontrar su realidad, aquella que la hiciera sentir especial y diferente a las demás.

Cómo no emocionarse con una propuesta de Alejandro Bustos si ya de por sí su nombre transmite magia. Esperar una de sus obras produce una ansiedad tan linda que se convierte en un grato placer. “Alicia, ensueño de maravillas”; pretende y lo logra. Corre y alcanza. Vuela y planea.

Esta Alicia, ingresa a escena por debajo de una tela transparente, para cobrar vida junto al resto de los personajes -los cuales serán objetos, títeres, sombras y maquetas-. De esta manera, la interacción entre ella y su entorno se vuelve más compleja, aunque dicha dificultad se transforma en puro talento.

Una de las técnicas más vistosas es la relacionada con la profundidad de campo: por momentos Alicia es pequeña y, por otros, la tenemos a poca distancia. Su cara parece traspasar el escenario y venir a buscarnos para compartir su alegría.

Surge una combinación excelente entre recursos cinematográficos, de artes plásticas, de teatro y musicales. Cada una de estas herramientas hacen posible que esta puesta en escena se convierta en una historia con un impacto totalmente diferente a la tradicional.

Sin desmerecer a la niña original, Tristana Muraro simula ser una nena, colmada de ansias por comunicarse con un entorno bastante especial, como ya conocemos todos.

Esta gran artista y acróbata nos deja atónitos al convertirse en la única actriz en escena que mira, observa, se sorprende y juega de una manera increíble.

La pantalla nos captura y parece atravesarnos completamente, cumpliendo un rol protagónico ya que, a través de ésta, se suceden todas las escenas de la obra.

Un punto a destacar es que Bustos eligió comunicar una historia infantil, sin recaer en diálogos verbales, nutriéndose, exclusivamente, de lo artístico -tan bien resuelto-.

Considero que si se hubiera tratado de una narración propia, también podría haberse llevado a cabo de este modo, donde la palabra es relegada a un universo que precisa de ella demasiado. No es esta la ocasión porque cuando lo visual se apodera de todo y todos, surgen sensaciones diferentes.

La sala del teatro Las Catalinas, llena de niños y adultos sonrientes, boquiabiertos; deseando que no finalice nunca esta pieza teatral.

Una Alicia, descubriéndose a ella misma, dentro de un aro, volando por el aire hasta encontrar una posición que le agrade para quedarse un ratito así. Los juegos con un conejo muy especial que la persigue por doquier, que se buscan mutuamente, el gato de Cheshire -impregnando sus bigotes en la composición en que prima la belleza absoluta- y el resto de los personajes del cuento.

Sin necesidad de ponernos anteojos 3D, estamos en presencia de tres dimensiones integradas por sombras y diferentes tomas realizadas a una misma escena. Esto es logrado gracias al dominio interesantísimo del elenco que oscila entre lo convencional y lo excéntrico.

Las figuras se convierten en objetos con distintas aristas, grosores, colores e impactos. No hay lugar para los detalles ornamentales sino para aquellos que deban, necesariamente, intervenir durante la gran historia.

Pintar un rostro utilizando arena, rememorando el gran espectáculo Bambolenat, contemplando cada trazo, cada singularidad, amor y dedicación que, ambos, le dedican a la dramaturgia. Una cara que intenta parecerse a la de Tristana pero se diferencia. La brisa del viento peina su pelo y cada rama de los árboles toma una pose determinada.

Mientras las melodías que oscilan entre la música celta y la flamenca, posibilitan un entendimiento superior e idílico; todos nos llevamos un recuerdo de la función: el haber formado parte de un espectáculo muy valioso, que se disfruta de principio a fin y que no es posible de mencionar con demasiadas palabras.

Estar, permanecer y transitar un camino encantado, junto a Alicia y a un elenco que digita los títeres que empapan cada situación, integrando un film animado. Una niña humana que se transforma en dibujo para mimetizarse con el resto. Bocetos que cobran vida, para llegar a iluminar hasta al más dormido; convirtiendo una realidad en sueño y un sueño en realidad.

En cuanto termina el libro se despierta, pero, ya no siente el haber abierto los ojos sino que disfruta de los aplausos, de cada felicitación y del éxito que la abrigará -a ella y su equipo- durante las próximas funciones.

Alicia ficha

Mariela Verónica Gagliardi

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