Una escenografía muy fina y delicada, en tonos blancos, con un ventanal enorme -a través del cual se divisa Roma-; nos invitan a presenciar una historia contada por Virginia Innocenti y Osmar Nuñez -quienes representan a Anna Magnani y Tennessee Williams- respectivamente.
De un modo progresivo y atrapante, «Noches romanas» (escrita por Franco D´Alessandro y dirigida por Oscar Barney Finn), logra mostrarnos que lo más importante en la vida del ser humano es el amor. El amor por sí mismo, por lo que hace, por lo que elige y por lo que sueña.
Podemos contemplar las actuaciones de estos dos personajes, que nos llegan al alma, que nos convencen de sus agobios, depresiones, tristezas, alegrías y es imposible no sentirse parte del relato. Desde la iluminación, el vestuario hasta el sonido, son perfectos y esto hace que no se pierda el hilo en ningún momento, cuestión que si sucediera nos demandaría un esfuerzo grande el volver a conectarnos -por el tipo de diálogos y citas dichos-.
Tennessee, le explica a su amiga Anna, que al verla actuar en cine, nunca se pudo olvidar de ella. A partir de entonces, escribió una obra de teatro. Pasado un tiempo, se hicieron amigos íntimos, muy unidos, conformando una relación preciosa.
Él, progresista, luchador, con un espíritu avasallante -pero en el fondo depresivo-, está tan enamorado de Frankie -su pareja-, como de la escritura. Ambos lo ayudan a vivir plenamente, llegando a sentir un éxtasis que podemos ver en su rostro a simple vista.
Ella, temerosa y a la vez pasional, llena de una energía desbordante pero poco equilibrada, que le hace depositar todo su potencial en la actuación, luego en un amor y más tarde en su hijo.
Como los escritos de T. Williams, llenos de frases que nos hacen vibrar y pensar con la mente y el corazón en conjunto, nuestro personaje esboza en un momento de la obra: «digo mentiras para revelar lo que es verdadero». Analizando detenidamente sus palabras podemos saber que es tan real su significado como la misma realidad. Cuántas veces una persona intenta transmitir un mensaje poniéndole un tono cómico, quizás por vergüenza o temor al qué dirán. En este caso, se trata de algo similar. Una mentira que, en parte, contiene códigos verdaderos, le permite demostrar lo que siente.
La historia sigue y Tom se muda a Key West para rodar una película de su autoría. Pretende convencer a Anna de que lo acompañe y actúe en el film; pero ella, por momentos, no se muestra convencida y rechaza la propuesta. Él, siente a flor de piel la negativa de su amiga, pero no la acepta. Decide corregir el libreto y después de tanto insistirle, ella da el brazo a torcer y lo acompaña.
Hasta ese momento de la obra, conocemos a una Anna-actriz, pero no sabemos bien cuál es su espíritu, hasta que dice «hay veces que creo que la gente va por la vida sin mirar a los que aman». Esta faceta misteriosa, resentida y rencorosa con su pasado amoroso y como madre también, nos invitan a tener más información sobre su presente y pasado.
Y al mencionar a su hijo Luca, debemos contarles que es paralítico, lo cual no es un detalle menor en la historia, ya que ella como su progenitora siente una culpa inmensa; más que la que pudiera sentir cualquier madre ya solo por el hecho de serlo.
Al viajar a Estados Unidos, el va a visitarla y pasan un tiempo juntos y, con el correr del tiempo, Luca ingresa a la universidad -un logro tan grande para Anna que por el momento la deja en paz consigo misma-.
Como el teatro, con sus tragedias, conflictos, alegrías, encuentros y desencuentros, los personajes de Tom y Anna reflejan la realidad de dos amigos que existieron… que amaron, odiaron, temieron, sufrieron y que, por suerte, se tuvieron el uno al otro.
Las vidas de estos artistas, con mayúsculas, comienzan a entrar en decadencia por perder la autoestima y el valor en sí mismos. Ella, por no conseguir trabajo como actriz y él por estar pendiente de las repercusiones en los diarios sobre todo lo que va guionando. Aunque, un error que comete, es el de ganar difusión sobre sus obras, defenestrando a su amiga y hablando mal de ella. Esto, con el tiempo, es perdonado -en parte- por Anna, aunque quedarán secuelas en su corazón.
Después de tantas críticas negativas a los trabajos realizados por Tennessee, él pierde las riendas y control sobre su vida, cayendo en manos del alcohol –como lo venía hacienda hace años- y ahora, también, de los fármacos.
El retrato y biografía se ve plasmado en todo el transcurso de Noches romanas y quien piensa en Roma, inevitablemente, recrea en su mente al romanticismo, conjuntamente con sus sutilezas. Los años los habían envejecido por fuera, sus incentivos estaban casi ausentes, sus intentos por luchar, desgastados. Sin embargo, sus mitades se volvieron a unir, después de un largo tiempo sin verse, sin saberse vivos.
Tom, ahogando sus miedos en la bebida, intentando ser fuerte -luego de haberse marchado su compañero de toda la vida-, descubre una gran verdad llamada acostumbramiento. Su supuesto amor, antes de morir le confiesa su parecer y la tristeza invade al personaje, provocando una certeza, en el momento que justamente la necesitaba.
Como tomando el control remoto de un aparato tecnológico, Tom resurge como el Ave Fénix, recobrando esa chispa que lo distinguió desde un principio de los demás escritores contemporáneos. Anna, junto a su compañero de aventuras, contemplan la ciudad romana, vuelven a sentir ese palpitar en sus corazones y Tom retoma su pasión: las letras.
Esas bellas obras que fabricaban personajes, ideados y creados por él, a su antojo, con lo mejor de sí mismo, inspirado por la bella Italia y su mujer, la que siempre lo mantuvo vivo.



Escrito
en febrero 14, 2013