Un espacio oscuro, como en penumbras, con una luz reflejando el comienzo de algo. Podría ser de una historia, pero es mucho más que eso: un conjunto de recuerdos, de un pasado feliz y elegido.
De repente, unos zapatos de señora son los protagonistas. Éstos comienzan a desplazarse cautelosamente, intentando recorrer un camino -por lo visto conocido-.
Ana Padilla es ciega, pero no de nacimiento. Su memoria aloja fragancias, aromas, colores, texturas y a un hombre.
Ella está enamorada de una etapa de su vida en la que -junto a su familia- tenía una posada. Dicha empresa familiar no era meramente un negocio, sino el lugar donde conoció a su amor: Carlos. Un amor que no pudo ser porque ella estaba casada y porque el destino, evidentemente, no lo quiso. Aunque pasaron bellos momentos como amantes. Esos momentos que parecen ser los más importantes en su memoria emotiva y del corazón.
Durante toda la obra, esta mujer tan dulce y cálida, lo busca, lo persigue, le hace planteos, reproches, promesas; y desea que el tiempo vuelva quince años atrás. Lo imposible es lo que predomina en Córnea (escrita y dirigida por Pehuén Gutiérrez y Neri Mucci), al igual que las emociones que se pueden sentir como si nosotros, también las viviéramos.
El sufrimiento de ella, pasa a ser nuestro como espectadores. Sus ojos lacrimosos, se proyectan en nuestra mirada que de por sí, ya no será la misma después de toda la narración.
Al igual que una foto que congela una situación, Córnea, es lo más puro y noble en el interior de una mujer. De una mujer que ya no ve como cuando transitó su amorío con Carlos, pero que su visión alcanza solo lo lindo y desecha lo perverso o negativo.
Ella elige con qué quedarse. Ella opta por sufrir pero en voz alta. Ella decide salir a la calle y llamarlo hasta el cansancio. No de su cuerpo, sino de su corazón. “Usted, con su silencio, puede ocultarme pero ese mismo silencio no puede ocultar su pasado”. Estas palabras esbozadas desde lo más profundo de su ser, nos dan a conocer que realmente lo necesita, que lo extraña y que está sola. Sin sus hijas, sin su marido, sin él, sin sus córneas… desposeída de futuro y pasión.
Sabemos poco acerca de Carlos. En verdad, solo lo que ella relata. Fue empleado de la posada durante varios años, hasta que consiguió un trabajo con mejores condiciones laborales y desapareció. Claro que se esfumó de la vida de su jefa, pero cada recuerdo está latente.
Con su bastón, y algunos objetos guardados en su cartera, está atenta a cada
uno de los sonidos que percibe. Dichos sonidos no hacen más que confundirla en tiempo y espacio.
Por otro lado, podemos observar cómo Carlos, si bien no aparece con su cuerpo en la obra, sí lo hace con una transición de oscuridad. Esto es muy interesante a nivel escenográfico ya que se entiende perfectamente el monólogo dicho por Ana y la supuesta respuesta esbozada por el ausente pero no anónimo ex empleado.
El trabajo representado por la actriz es exquisito y cada uno de sus movimientos nos hace sentir que tiene dicha discapacidad visual. Su concentración es impecable y ver a través de sus ojos es una experiencia única.


Escrito
en marzo 17, 2013